ESCLAVITUD

Trabajadores mexicanos: precarios, flexibles, excluidos y esclavos

MARCOS CHÁVEZ * @MARCOS_CONTRA

contralinea.com.mx

El mundo laboral mexicano es más precario, más flexible, más excluido, más sobreexplotado, más esclavo. Al final del año se habrá consolidado una pérdida real del salario mínimo de 76 por ciento con relación a su poder de compra máximo de 1976. El gobierno es responsable de no haber revertido ese deterioro y, por el contrario, sumar casi 2 puntos porcentuales a la pérdida. Se trata de la caída más grande de América Latina y una de las más graves del mundo. Los trabajadores, condenados a una vejez miserable.

Los trabajadores mexicanos llegan a otro 1 de mayo más precarios, más pobres y más miserables. Lo anterior, merced a la política estatal de contención salarial impuesta entre 1983 y 2015, la cual ha sido subordinada a la política del control de la inflación, objetivo que deliberadamente es confundido con la estabilidad macroeconómica: el crecimiento de la economía, sin grandes fluctuaciones en la actividad económica –recesiones o auges insostenibles–, del empleo y de la renta; un nivel de precios relativamente bajo y estable, económica y socialmente aceptables; una política monetaria (tasas de interés y tipo de cambio) y fiscal, y una evolución de las cuentas externas (balanza de pagos) en función de los propósitos anteriores.

Una política económica de orientación keynesiana tiende a privilegiar el crecimiento y el bienestar social, sin sacrificar los otros equilibrios.

Una política monetarista, neoliberal, como la aplicada en México desde el gobierno de Miguel de la Madrid, se inclina por privilegiar la contención de la inflación (en un nivel similar a la internacional) sobre el crecimiento, el empleo y los salarios. En una secuencia, primero debe afianzarse el bajo nivel de precios y, después, se puede aspirar a las siguientes metas.

En esa lógica, el estancamiento económico, la escasa capacidad de la economía para generar empleos estables y el deterioro de los salarios reales, no es un fenómeno accidental. Es deliberado. Por esa razón, sus resultados han sido calificados como un genocidio económico.

Cartel de una huelga de trabajadores de las cadenas de comida rápida de Nueva York reclamando mayores salarios en julio de 2013. Crédito: Annette Bernhardt/cc by 2.0

En EEUU >

Las crisis devaluatorias (sobrevaluación cambiaria, provocada por su atraso, que, junto con la eliminación de los aranceles, abarata el precio de las importaciones que se convierten en el “techo” de las cotizaciones internas, sin importar que el ingreso masivo de productos foráneos afecte la producción local), el colapso de las cuentas externas (déficit que se vuelven insostenibles), o las crisis fiscales y de deuda externa, son consecuencia de ese manejo económico.

Alza de los salarios, subordinada a inflación

Enrique Peña Nieto y su secretario de Hacienda y Crédito Público, Luis Videgaray, pudieron apostar por elevar el crecimiento económico, el empleo y los salarios reales, con el objeto de superar el estancamiento crónico de 1983-2012, la incapacidad estructural para generar las plazas laborales requeridas anualmente, y revertir la pauperización del 80 por ciento de la población, 96 millones de personas de un total de 120 millones de mexicanos contabilizados al cierre de 2014.

Ello si se considera que en su discurso de toma de posesión del 1 de diciembre de 2012, el presidente de México dijo que “es indignante, es inaceptable que millones de mexicanos padezcan hambre”. Que la pobreza “nos agravia, nos duele y daña la imagen de México en el exterior”. Que quiere “elevar la calidad de vida de las familias mexicanas” con un “cambio de paradigma”. “Que el segundo eje de mi gobierno” será “lograr un México incluyente, combatir la pobreza y cerrar la brecha de la desigualdad que divide a los mexicanos”.

Por ejemplo, en 2015, para eliminar la férrea ley de bronce impuesta a los salarios desde 1983, pudo plagiarse la propuesta de Miguel Ángel Mancera: elevar el salario mínimo a 82.86 pesos diarios, de su nivel de 56.51 pesos de 2014. Luego, elevarlos hasta 171 pesos en un lapso de 10 años, lo que hubiera reducido la pérdida de su poder de compra en alrededor de la mitad, beneficiando a 6.5 millones de personas que reciben ese ingreso. De esa manera, hubiera cerrado la brecha salarial, elevando el piso y no homologando a los contractuales en el sótano.

Sin embargo, el gobierno prefirió mantener la ortodoxia: subordinar el alza de los salarios nominales a la tasa de inflación anual esperada y no la alcanzada, sin compensar el rezago en los ingresos de los trabajadores por el desfase entre éstas. Eso ha ocurrido desde 2012 y esa política se mantendrá lo que resta del sexenio.

Peña y Videgaray, como en su momento lo hicieron los panistas Vicente Fox y Felipe Calderón, sólo se han dedicado a administrar la permanencia de los salarios reales en el fondo del pozo, sin permitir la recuperación del poder adquisitivo de los mínimos y contractuales, cuya pérdida se inicia en 1976, con la Carta de Intención firmada entre el gobierno echeverrista y el Fondo Monetario Internacional (FMI).

La docena de nuevos impuestos, o aumentos en los existentes, inventados por la Secretaría de Hacienda en 2014, enflaquecieron los escuálidos salarios.

Estadísticamente –aunque en la realidad es peor–, entre 2013 y 2015 (si este año la inflación es de 3.5-4 por ciento, por encima de la meta de 3 por ciento), los salarios mínimos reales, la principal fuente de ingresos de las mayorías, perderán, en promedio anual, 0.3 por ciento más en su capacidad de compra, medida por los precios de la canasta básica. Es decir, 1 punto porcentual más acumulado. Los contractuales 0.5 por ciento cada año; 1.5 por ciento acumulado.

De esa manera, el retroceso del salario mínimo real promedio, al cierre de 2015, será del orden de 76 por ciento, con relación a su máximo histórico de 1976. En el caso de los contractuales ascenderá a 64 por ciento respecto de 1982.

Con esa caída, la peor de América Latina y una de las más graves del mundo, los salarios reales de los trabajadores son menores a los conocidos en 1936, cuando se legalizan los pagos mínimos.

La estructura salarial pagada por los nuevos empleos no ofrece la posibilidad de una futura mejoría en los salarios reales. Por el contrario, condenan a los trabajadores a vivir entre la miseria y la pobreza.

En 2007, el 54.8 por ciento del total de ellos se concentraron en los rangos de menos de un salario mínimo hasta tres veces ese ingreso. En 2014 el porcentaje se eleva a 59.7 por ciento. En 2014 el 46.4 por ciento pagan entre más de un salario mínimo hasta tres veces. En contrapartida, en 2007, las nuevas plazas que pagan más de tres veces el salario mínimo equivalen a 30 por ciento del total en 2007. En 2014 su participación se reduce a 21 por ciento.

La situación anterior se reproduce en los empleos asalariados subordinados. En 2007 el 59.7 por ciento de los nuevos se ubicaban en un rango de menos de un salario mínimo hasta tres veces. En 2014 su participación se eleva a 63.9 por ciento.

Tanto el gobierno como los empresarios han menospreciado al salario mínimo. Según ellos, el número de personas que perciben ese ingreso es marginal.

Del total de ocupados en 2007 (44 millones de personas), el 12.7 por ciento (6 millones) percibe hasta un salario mínimo. En 2004 se eleva a 13.3 por ciento (6.5 millones de 49.4 millones). En el caso de los asalariados subordinados su participación se eleva de 8.6 por ciento (2.5 millones de personas de 29 millones) a 9 por ciento (3 millones de 33 millones). Esos asalariados se ubican en las zonas rurales y en las urbanas, caracterizadas por las peores condiciones laborales.

Salarios en México, entre los peores

Resulta ocioso comparar los salarios mexicanos con los de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), que agrupa a 34 países miembros, entre ellos México. Las percepciones nacionales son las más infames. Al equipararlas con esa zona, los nacionales quedan en una condición de vergonzosa.

Es más útil comparar los salarios mexicanos con los de sus pares latinoamericanos. Todos subdesarrollados. Su evolución regional muestra el sesgo ideológico, político y económico de sus gobiernos. La orientación de sus respectivos proyectos de nación.

En México, la situación calamitosa. Sobre todo en el caso de los mínimos reales. Es la peor del Continente. Considerado como el líder provincial, actualmente su posición es digna de lástima.

De acuerdo con datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), la evolución del salario mínimo medio real de México entre 2000 y 2013 arroja una pérdida de 4.2 por ciento, el más ínfimo, sólo superado por Venezuela, agobiada por los fallidos golpes de Estado y las políticas de desestabilización de la burguesía criolla y el imperialismo estadunidense (-6.6 por ciento).

Las percepciones mínimas de los países más modestos guardan un mejor desempeño en el periodo de referencia. En la República Dominicana mejoran estadísticamente en 0.3 por ciento; en El Salvador 3.1 por ciento; en Jamaica 6.2 por ciento; en Haití, la nación más pobre del Continente, en ¡33.9 por ciento!

En Nicaragua se recuperan al ciento por ciento. En Brasil 103 por ciento. En Honduras 115 por ciento. En Uruguay 156 por ciento. En la Argentina de los Kirchner 264 por ciento, después de su ruptura con el fundamentalismo neoliberal de Carlos Menem, que la llevó al desastre de 2001.

México, en cambio, sigue fiel a la ortodoxia neoliberal. De acuerdo con las estadísticas de la Cepal, el salario medio real mexicano evidencia un mejor desempeño en el lapso referido, se eleva 18 por ciento. Pero en Costa Rica mejora 21 por ciento. En Ecuador 24 por ciento. En Chile 34 por ciento. En Cuba 54 por ciento. En Argentina 105, lo que cierra los diferenciales entre las categorías salariales, en beneficio de los estratos más bajos de la población.

Aun así, los salarios medios reales mantienen su pérdida observada desde 1983. En las condiciones actuales, resulta mejor comparar los salarios mexicanos y los niveles de vida con los de Afganistán, Bangladesh, Etiopía, Somalia y naciones parecidas.

Sobreexplotación y flexibilidad

En nombre de la productividad, competitividad y rentabilidad de las empresas y la economía subordinada a la mundialización capitalista, la reducción de los costos de producción ha descansado en la reducción de las remuneraciones medias reales pagadas por persona ocupada (incluyen salarios, sueldos, contribuciones patronales a la seguridad social y prestaciones sociales de los obreros, técnicos y empleados administrativos).

La reforma neoliberal del trabajo ha desmantelado los derechos de los asalariados consagrados en el Artículo 123 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos y las leyes secundarias. Con esas mutilaciones, que regresan a la era previa de la Revolución Mexicana, se ha sometido a un intenso baño de vapor a las conquistas y los contratos laborales, que gravitan, como un exceso de grasa, sobre los costos de las empresas y la administración pública, así como en la capacidad de adaptación del capital en un mundo “global” que descansa en la desvalorización del trabajo asalariado.

En 2014, el 45 por ciento de los trabajadores asalariados subordinados carecía de servicios de salud. El 37 por ciento no recibía prestaciones sociales y sólo el 44 por ciento tenía un contrato laboral escrito, y disponía de una base o era ocupado portiempo indefinido.

Cada vez más excluidos

El número de empleos formales anualmente requeridos continúa superando a los generados por la economía.

De acuerdo con datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía, las nuevas personas ocupadas aumentan en 521 mil en 2013 y 188 mil en 2014. En total, 709 mil. Pero cada año el número de plazas demandadas es de 1.3 millones (la suma de empleos formales e informales, desempleados y las personas que desean trabajar pero que han abandonado la búsqueda de empleo por considerar que no lo encontrarán). En los años citados, 758 mil y 1.1 millones quedan excluidas del mercado laboral formal, 1.3 millones de personas.

En 2014 se contabilizan 49 millones de personas ocupadas. De esa cantidad, sin embargo, 2 millones reciben percepciones no salariales; 11 millones trabajan por su cuenta y 2 millones no reciben ingresos. En total son 15 millones de individuos.

Junto a esos ocupados existen 2.5 millones de desocupados; 13.5 millones de informales y 5.7 millones de personas que dejaron de buscar un empleo por considerar que no lo encontrarán. Son 21.7 millones.

La “nueva” esclavitud

Para sorpresa de Alfonso Navarrete Prida, secretario del Trabajo y Previsión Social, la movilización de los trabajadores agrícolas del Valle de San Quintín, Baja California, vuelve a descubrir que la Revolución Mexicana no llegó a todos los rincones del país, ni las leyes laborales surgidas de ella, ni las autoridades responsables de aplicarlas fueron capaces de erradicar una vieja llaga parida por la primera “modernización” económica, el porfirismo: los peones acasillados y las tiendas de raya, los esclavos asalariados de esa época.

El levantamiento zapatista en 1994 puso de manifiesto la permanencia de ese absceso supurante, base de la acumulación de capital agroexportador (producción de pepino, fresa, jitomate, aguacate, etcétera), el cual, por demás, a cada tanto, ha sido develado por el descontento de los trabajadores rurales.

Esas formas extremas de explotación (salarios pésimos, ausencia del pago de horas extras, prestaciones sociales y de servicios de salud, inseguridad laboral –exposición a sustancias tóxicas, por ejemplo, y otros riegos–, jornadas exhaustivas, abusos sexuales, viviendas indignas, sindicatos de protección, represión, entre otros aspectos) fungieron como verdaderas formas de esclavitud que suscitaron el escándalo social. No son hechos aislados.

Se repiten en cuando menos 19 entidades y afecta a cuando menos a 1.5 millones de trabajadores agrícolas, incluyendo a sus hijos de cualquier edad. En ese sentido esa forma de explotación esclava es un fenómeno generalizado, del cual se percatan las autoridades laborales cuando estalla el descontento rural.

Quien se crea que el problema es un asunto agrario, se equivoca. El esquema se repite en la minería y en las actividades urbanas.

Otra forma de explotación es reproducido en las corporaciones comercializadoras (Walmart, Chedraui, Soriana, entre otras), que bajo su piadoso apoyo a adolescentes y viejos, los ocupa gratis, sin ninguna remuneración, trasladando esa responsabilidad a los consumidores. La Secretaría del Trabajo estima que 2.5 millones de menores de edad laboran en condiciones desastrosas. El 60 por ciento se ocupa en el campo.

Visto fríamente el panorama, aquellas formas laborales que escandalizaron las buenas costumbres, se reproducirán con la reforma laboral recientemente aprobada.

Vejez de miseria

Si el panorama para los trabajadores es sombrío, su futuro es siniestro, una vez culmine su ciclo laboral activo.

Al menos la mitad de los trabajadores que cotizan en los fondos de pensión, y cuyas cuentas están inactivas, no alcanzarán una pensión, por muy indigna que sea y los condene a la miseria, ya que simplemente no lograrán el tiempo necesario de cotización ni de aportaciones.

Pero aún cuando un trabajador logre milagrosamente mantenerse el tiempo suficiente en un empleo formal para aspirar a una jubilación, sus expectativas de vida son funestas.

Si percibe hasta tres salarios mínimos, con sus aportaciones sólo podrá aspirar a una pensión equivalente al 43 por ciento de su salario. Si su salario lo condenaba a la pobreza, su pensión le asegurará la miseria.

Hace poco, Christine Lagarde, directora del FMI decía: “Los ancianos viven demasiado y eso es un riesgo para la economía global. Tenemos que hacer algo, ¡ya!”

¿De qué se queja la señora Lagarde? Ya han hecho suficiente: eliminaron la responsabilidad estatal de pagar las pensiones, privatizaron los servicios de salud, elevaron la edad mínima para esperar una jubilación. La diferencia entre tiempo de vida que le resta a un trabajador que termina su vida laboral activa y la muerte disminuyó sensiblemente.

Quizá podría llevarse a cabo una campaña de terror entre los próximos viejos, relativa al horror que les espera, para que desaparezcan lo más pronto posible, una vez cubierto sus servicios funerarios.

Marcos Chávez M*, @marcos_contra

 

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Precarización del trabajo y capitalismo del siglo XXI: Primera parte

La savia del capitalismo es la plusvalía, el trabajo que los capitalistas no pagan a sus trabajadoras y trabajadores es lo que lo mantiene vivo y lo hace crecer. ¿Cómo entonces está dejando sin explotar una masa enorme de trabajadores?

laizquierdadiario.com

Sábado 13 de agosto de 2016

Una madre mexicana cabeza de familia compró una casa en Zumpango, en las afueras de la Ciudad de México. Después de que esa casa fue asaltada en dos ocasiones, para su fortuna en su ausencia, y de que ella fue robada en el transporte hacia su trabajo; decidió vivir en un minúsculo departamento. Regreso a la urbe de la que ha poco antes había emigrado. Perdió todo lo que había pagado de la hipoteca de su vivienda y vio esfumarse un sueño.

Como ella millones de mexicanos viven en una pobreza sin esperanza, con trabajos arduos y exiguos salarios. En muchas ocasiones trabajan estando enfermos pues sus patrones no les permiten faltar por enfermedad: ellos saben que si faltan “demasiado” podrán ser sustituidos fácilmente. Para muchos trabajadores mexicanos y centroamericanos hubo una válvula de escape: la emigración a los EUA.

Hoy esa vía se ha cerrado. Desde el punto más alto en 2007 la inmigración indocumentada en los EUA ha descendido en lugar de aumentar vertiginosamente como en los años previos a la crisis de 2008. En 2014, de los 11.3 millones de indocumentados el 49 por ciento son mexicanos: 5.6 millones. Un millón 300 mil mexicanos regresaron o fueron deportados después del estallido de la crisis.

Mexicanos y centroamericanos huyen de la pobreza yendo a los EUA, allá los rechazan ya que también en ese país se ha empobrecido la fuerza de trabajo y escasean los empleos decentes. La crisis estadounidense elevó uno de los indicadores de precariedad del trabajo a cerca del 18 por ciento de la fuerza de trabajo para 2010, a pesar de la recuperación ya en marcha, según la narrativa oficial. Los trabajadores desempleados más los que laboran a tiempo parcial contra su voluntad eran casi un quinto de la fuerza laboral (1).

A lo anterior hay que agregar que la mitad de las familias cuyo jefe tenía menos de 65 años en EUA ganaban hasta 65785 dólares de 2013 al año, en el 2000; para 2013 ese ingreso por familia se había reducido a 58448 dólares anuales (2). La pobreza entre la población con edades entre 18 y 64 años alcanzó al 13.7 por ciento en 2010, su valor más alto desde 1966.

Un hecho destacable es que “La tasa de mortalidad para los hombres blancos y mujeres de edades comprendidas entre 45 y los 54 años con educación inferior a la universitaria aumentó notablemente entre 1999 y 2013, muy probablemente debido a problemas con las drogas legales e ilegales, el alcohol y el suicidio, concluyeron investigadores -en una revista científica. Antes de eso, las tasas de mortalidad de ese grupo disminuyeron de manera constante y aceleradamente.” (3) El artículo citado destaca que el fenómeno de aumento en la tasa de mortalidad ocurrió además sólo en la URSS, tras el derrumbe del socialismo real. La precariedad del trabajo está llevando a una crisis social a los EUA.

La savia del capitalismo es la plusvalía, el trabajo que los capitalistas no pagan a sus trabajadoras y trabajadores es lo que lo mantiene vivo y lo hace crecer. ¿Cómo entonces está dejando sin explotar una masa enorme de trabajadores? Porque como veremos más adelante lo que ocurre en México y en EUA es un fenómeno global.

¿Qué está pasando en el capitalismo del siglo XXI, que en lugar de llevar a los trabajadores al paraíso de la clase media estadounidense; lleva a ésta al infierno laboral de las etapas tempranas del capitalismo? Hablaremos de eso en la próxima columna.

(1) Chart Book: The Legacy of the Great Recession, Center on Budget and Policy Priorities (CBPP), actualizado el 5/VIII/2016. Consultado 9/VIII/2016.

(2) Datos de la gráfica Real median household income, all households and working-age, 1979–2013 (2013 dollars) publicada en http://www.stateofworkingamerica.org/charts/real-median-household-income/ Consultado el 9/VIII/2016.

(3) Lenny Bernstein y Joel Achenbach, “A group of middle-aged whites in the U.S. is dying at a startling rate”, en The Washngton Post, noviembre 2 de 2015.

 

 

Proyecto libertad - esclavitud - número estimado

 

 

Trabajo precario: los esclavos del siglo XXI

Javier Gilsanz

http://economiaaloclaro.blogspot.mx

Ya nada nos sorprende, pero es indignante: empresas que no pagan las nóminaso bajan un 25% los sueldos, horas extras que no se pagan, médicos en paro que hacen guardias en cinco hospitales, profesores contratados por días, camareros con contratos a media jornada que trabajan 12 horas, becarios sin cobrar durante años, empleos a comisión sin  sueldo y hasta empresas que cobran a los que buscan trabajo. Miles de ejemplos de trabajo precario, ilegal y legal, de abusos a parados y trabajadores, cada vez más indefensos. España es el país con más precariedad de Europa, el paraíso del contrato temporal: el 92,16% de los firmados en 2013. Y así nos va: menos consumo, menos ingresos fiscales, menos cotizaciones, más accidentes y menos productividad. Y la patronal ha pedido todavía más flexibilidad en contratos, sueldos y horarios. La esclavitud laboral no ayudará a salir de la crisis. Nos hundirá por décadas.

Enrique Ortega

Tras cinco años de crisis, los trabajadores españoles están cada vez más indefensos, a merced de los crecientes abusos (legales e ilegales) de muchas empresas, grandes y pequeñas, que los consideran como trabajadores kleenex, de usar y tirar. Se recortan sueldos, se cambian horarios y se quitan horas extras, se reducen derechos y se cambian contratos más estables por otros temporales y precarios. Y el poco empleo que se ofrece es más precario y barato, mucho sin contrato, con sueldos de hasta 4 euros la hora. Incluso hay empresas que cobran por hacer los trámites de selección a parados, mientras uno de cada cuatro fraudes en Internet son ofertas de empleo falsas, según Inteco.

Un negro panorama, agravado por la crisis, el recorte en la inspección de Trabajoy la debilidad de los sindicatos. Con ello, España es el país de Europa con más precariedad laboral, según las estadísticas. Primero, somos el país con máscontratos temporales: 23,1% de todos los contratos, frente al 14,1% en Europa. Y sobre todo en los dos colectivos que más los sufren: jóvenes (65% con contrato temporal frente al 43% en la UE) y mujeres (26,1% con contratos temporales frente al 23,9% los hombres). De hecho, este año 2013, un 92,16 % de los contratos firmados hasta septiembre son temporales, según Trabajo. Lo peor  además es que España es el país europeo donde menos contratos temporales se hacen fijos: 16% frente al 23% en UE o el 41% en Alemania.

Segundo, somos el país con más crecimiento de los contratos a tiempo parcial: un 33% de los firmados este año son a tiempo parcial y otro 28,5% por obra. Ya representan el 16,4% de los contratos, aún por debajo de Europa (19,5%), pero lo preocupante es que mientras en otros países hay una mayoría que “eligen” trabajar menos tiempo, en España se hacen porque son lentejas: o los tomas o no hay otros. Así, los contratos a tiempo parcial “involuntarios” son el 62% en España y el 28% en Europa (18% en Alemania). Y son las mujeres españolas las que acaparan el 80% de estos contratos a medias.

Hay muchas otras formas de precariedad en auge. Una, la subcontratación en cadena: personas que trabajan para una gran empresa a través de una, dos o más empresas interpuestas, subcontratistas que les explotan y malpagan quedándose con la diferencia. Y que desaparecen incluso si vienen mal dadas. Otra, los falsos autónomos, muchos de ellos trabajadores despedidos de una empresa que trabajan para ella en exclusiva, a veces en la misma mesa, como autónomos, pagándose su Seguridad social, sin vacaciones ni extras: arquitectos, periodistas, ingenieros y muchos profesionales de la construcción y hostelería. Y luego están cientos de miles de becarios, jóvenes que trabajan con o sin contrato, con o sin sueldo, años y años, la mayoría sin cotizar (ahora, tras una sentencia del Supremo, se obliga a muchos a cotizar desde septiembre). Ya en 2012, la Comisión Europea advirtió de la precariedad de los becarios españoles.

Y luego está el trabajo más precario, el empleo sumergido, que ha crecido con la crisis: se estima que hay entre 1 y 4 millones de empleos sumergidos, cubiertos por parados o por subempleados, la mayoría en la construcción, agricultura, hostelería y comercio, en el trabajo doméstico, entre cuidadores (niños y ancianos) y en trabajos a domicilio. Y el último eslabón de la precariedad son los inmigrantes ilegales, contratados en la calle y llevados en furgonetas a trabajar a fábricas ilegales o al campo, hasta por 4 euros la hora.

Otra precariedad, que afecta a la mayoría de trabajadores, son los salarios a la baja y el auge de los mileuristas: cuatro de cada diez españoles, más de 15 millones de trabajadores, autónomos, parados y pensionistas ganan menos de 1.000 euros al mes. Y lo peor es que más de la mitad son minieuristas: 8,5 millones de españoles que ganan entre 400 y 860 euros al mes. Los salarios más bajos se dan entre los jóvenes (la mitad ganan menos de 1.000 euros) y las mujeres (ganan un 23% menos que los hombres, según el INE). Y ganan menos los que tienen un contrato temporal (un 32% menos de sueldo que los indefinidos) y un contrato a tiempo parcial (ganan  un tercio menos, incluso por hora: 10,89 € frente a 15,03 €).

Y como complemento, están cayendo las horas extras que se pagan: se han reducido al nivel más bajo de la última década, con una media de menos de media hora el mes (en 2006 era 1 hora al mes por empleado). Eso sí, se han cambiado horarios y se hacen más horas extras gratis, sin cobrarlas: en el cuarto trimestre de 2012 se hicieron 2.630.000 horas extras a la semana sin cobrar, una media de 12 minutos semanales por empleado. Eso son 40 millones de euros que se dejaron de cobrar y, lo peor, 65.750 empleos que no se crearon.

Unos cobran menos y otros trabajan sin cobrar. Por un lado, muchos becarios yjóvenes cualificados, que o no cobran o mal cobran, en empleos de baja cualificación: España es el país europeo con más jóvenes sobrecualificados, que ocupan empleos por debajo de su cualificación, un 33% frente al 21% en la UE. Por otro, trabajadores de empresas en crisis, como Panrico, que decidió no pagar las nóminas para pagar a proveedores. Otras, como Sniace o Balboa, ofrecen bajar los sueldos un 20/25% a cambio de no despedir. Otras no pagan nóminas porque no cobran de otras empresas o de la Administración (empresas de limpieza, Dependencia, servicios sanitarios o educativos), mientras sus empleadosdeben seguir trabajando para no perder derechos. Y otros no cobran porque su empresas está en quiebra o suspensión de pagos y el FOGASA no tiene dinero ni medios (150.000 expedientes pendientes) para pagarles sueldos e indemnizaciones. Y como colofón, aumentan las empresas que ofrecen trabajos sin sueldo, sólo a comisión.

Dentro del negro panorama de la precariedad, hay sectores que la sufren más. Uno de ellos, el turismo, nuestra primera industria, con el 10% del empleo: tiene más temporalidad (32,8% frente a 23,1% media española), más trabajo a tiempo parcial (28,6% frente a 16,4%), más autónomos (21,45% frente a 18,16%) y un 30% de las inspecciones detectan irregularidades. La última “moda” es la media jornada ficticia: se cobra y se cotiza por 4 horas y se trabajan 12. O la subcontratación de servicios en hoteles y los falsos autónomos. Otro sector precario es la enseñanza, con docentes que trabajan por días o meses, haciendo sustituciones. Y lo mismo los médicos, que incluso hacen un segundo MIR para trabajar 4 años por 1.500 euros. O los arquitectos: 60% son falsos autónomos que trabajan para empresas, como muchos periodistas “free lance”. Y miles de investigadores con contratos trampa para seguir investigando.

La precariedad, además de reducir los ingresos y los derechos laborales, tieneotras consecuencias muy negativas: reduce los derechos futuros (desempleo y pensiones), accede a menos formación, aumenta la siniestralidad laboral (los contratados temporales tienen el doble de accidentes que los fijos en muchos sectores) y acarrea más estrés y menos salud laboral , con un aumento de losproblemas psicológicos: de hecho, con la crisis, se han triplicado las consultas por depresión y se han duplicado las ventas de ansiolíticos, mientras crece el consumo de alcohol y drogas, sobre todo entre los jóvenes.

Todo apunta a que, aunque pasemos de la recesión a la crisis, no va a reducirse mucho la precariedad. Primero, porque, con 6 millones de parados dispuestos a casi todo por trabajar, va a resultar difícil recuperar los derechos y sueldos perdidos por los trabajadores. Y segundo, porque los empresarios siguen exigiendo más flexibilidad laboral: la patronal CEOE ha pedido en agosto eliminar las restricciones a encadenar contratos temporales (ahora no se pueden tener más de 2 años), facilitar la conversión de contratos a tiempo completo en contratos a tiempo parcial y facilitar contratos donde se cobre menos del salario mínimo (645 €).O sea,piden más precariedad a cambio de crear más empleo (está por ver).

La precariedad es un cáncer no sólo para el trabajador, sino para la economía: no podemos competir en Europa y en el mundo con unas condiciones laboralesmarroquíes. No es sólo que no podemos perder los derechos laborales ganados en un siglo. Es que con trabajadores descontentos y desmotivados no se sale de la crisis. Hace falta luchar de verdad contra la precariedad, con más inspección de Trabajo, más medios, más multas y penas, más voluntad política y más rechazo social contra los abusos. Es un problema de dignidad, que sufren más losparados, jóvenes, mujeres e inmigrantes. ¡Basta ya ¡

 

 

 

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