Clasismo, homofobia y racismo en la intelectualidad mexicana

POR , 18 SEPTIEMBRE, 2016 ENSAYO

proceso.com.mx
CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- La polémica ventilada en las redes sociales y en ciertos medios de comunicación en torno a la salida de TV UNAM de Nicolás Alvarado ha revelado con sorprendente transparencia expresiones de clasismo, racismo y homofobia en la clase intelectual mexicana que deben someterse a un análisis crítico. Un reclamo generalizado denunció la semana pasada el rechazo que Alvarado explicitó por la obra musical de Juan Gabriel con base a prejuicios clasistas no exentos de homofobia. En respuesta, algunos escritores, académicos y periodistas intentaron minimizar el efecto de las palabras de Alvarado en contra de un supuesto acto de “corrección política” que colindaría con la censura, mientras que lamentaron que TV UNAM perdiera la oportunidad de contar con el liderazgo de Alvarado para “renovar” su programación. Resulta crucial examinar este debate porque el desafortunado comentario de Alvarado, y quienes han pretendido defenderlo o restarle importancia, reproduce las dimensiones más vergonzantes de la desigualdad y discriminación que proliferan en la vida cultural y laboral del país. La polémica, entonces, va más allá de los prejuicios y la precariedad intelectual de un funcionario público: muestra la perniciosa y sistémica división de clases, el desprecio a la cultura popular y el sentimiento de superioridad que detentan muchas figuras intelectuales en México.

Alvarado renunció a su cargo como director de TV UNAM el 1 de septiembre, dos días después de publicar la columna No me gusta Juanga (lo que le viene guango). En ese texto que apareció el 30 de agosto en el periódico Milenio, Alvarado negó la calidad artística de Juan Gabriel, pero su desdén, matiza, no lo conduce “a la ceguera cultural ni a la insensibilidad sociológica”. Luego concluye: “Mi rechazo al trabajo de Juan Gabriel es, pues, clasista: me irritan sus lentejuelas no por jotas sino por nacas, su histeria no por melodramática sino por elemental, su sintaxis no por poco literaria sino por iletrada”.

No hay razón para dudar de la sinceridad de Alvarado. Por el contrario, lo que extraña es la naturalidad con la que admite los parámetros con los que descalificó un objeto cultural que dice desconocer (explica que en su casa sólo hay dos CD de Juan Gabriel, propiedad de su esposa). El regodeo en su ignorancia evidencia una pobreza intelectual que por sí sola basta para probar su incompetencia para dirigir un espacio cultural público como TV UNAM. Pero al enunciar sus prejuicios, Alvarado mostró el síntoma de un problema mayor: la abismal diferencia de clases en México, resultado en parte de la sistémica discriminación ejercida desde espacios culturales y educativos que inferiorizan expresiones artísticas “iletradas”. Creo innecesario insistir en los méritos artísticos de Juan Gabriel después de la puntual respuesta que el músico Yuri Vargas publicó en la revista electrónica Círculo de poesía o la columna del periodista juarense Jorge Humberto Chávez Ramírez en el Dallas Morning News que explicó cómo Juan Gabriel “redefinió la música moderna mexicana desde el pop hasta el mariachi tradicional”. Lo que me interesa aquí es señalar que los comentarios de Alvarado son producto de un clasismo consecuente con un habitus cultural que legitima a una clase intelectual en la cual exabruptos como el de Alvarado no sólo son tolerados sino que son constitutivos de la clase misma.

Como enseña el sociólogo francés Pierre Bourdieu en su ensayo La distinción, “nada afirma con mayor claridad la ‘clase’ de una persona, nada clasifica más infaliblemente que los gustos en música”. La negación de lo que es supuestamente vulgar no es sino el ejercicio de un privilegio de clase que se permite designar la distinción entre alta y baja cultura. “Es por eso –escribe Bourdieu– que el arte y el consumo cultural están predispuestos, consciente y deliberadamente o no, a cumplir una función social de legitimar diferencias sociales”. En una entrevista con Carlos Puig el 6 de septiembre, Alvarado dijo haber leído La distinción para explicar su clasismo, pero terminó repitiendo su prejuicios: “Yo elijo algo que me gusta y que no le gusta a los que considero inferiores a mí, para distinguirme de ellos, y así reproduzco una estructura de clase, que es un mecanismo pernicioso”. Sin la menor autocrítica, la conciencia de un posicionamiento de clase busca legitimarse llamando inferiores (palabra de su elección) a quienes no comparten su gusto musical. Alvarado se niega a reconocer que asumir el clasismo en esos términos es un acto discriminatorio.

Los comentarios publicados en defensa de Alvarado participan de ese mismo criterio de distinción clasista. En una nota publicada el 2 de septiembre en la revista Nexos, Raúl Trejo Delarbre, investigador del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM, denuncia la agresión de los usuarios en las redes sociales, pero no hace lo mismo con el lenguaje denigrante de Alvarado. Se legitima así que Alvarado describa como “naco” (en un país de grave desigualdad social) y “joto” (en un país violentamente masculino) a Juan Gabriel, pero se censura que la “multitud tuitera” use las mismas palabras en contra de un miembro de la clase intelectual.

Según Trejo Delarbre, el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred) actuó como “policía del pensamiento” cuando exigió que Alvarado ofreciera una disculpa y tomara un curso de sensibilización. Pero el Conapred no objetó el pensamiento privado del ciudadano Nicolás Alvarado, sino los comentarios públicos que utilizó para describir su posicionamiento abiertamente clasista y homofóbico contra Juan Gabriel en el mismo momento en que organizaba su homenaje en TV UNAM. No es un acto de censura que el Conapred responsabilice a un funcionario de lo que escribe en la esfera pública. Exigirle a un servidor público que no utilice un lenguaje discriminatorio es una función primordial de la democracia.

Un comunicado publicado en internet el 3 de septiembre por un colectivo de trabajadores de TV UNAM denunció cómo “el clasismo que reconoció el propio Nicolás Alvarado, permeó su gestión en TV UNAM”, donde despidió a más de 20 empleados y creó un clima de hostilidad y acoso entre el personal. Pero los trabajadores de TV UNAM, junto con el público de Juan Gabriel, han sido invisibilizados en la polémica. En una columna publicada el 5 de septiembre en El Universal, Ricardo Raphael imagina una conversación entre Juan Gabriel y “Nico” (“así se nombra a Nicolás Alvarado en su círculo próximo”) que intenta minimizar el clasismo y la homofobia de este último. “Nunca calificó a Juan Gabriel de naco o de joto sino a sus lentejuelas –escribe Raphael–; en todo caso la referencia que hizo fue a su estética”. Este análisis es una reducción del lenguaje ofensivo de Alvarado: denigrar la vestimenta de una persona es un acto clasista y discriminatorio. Es la relación de poder que se expresa con violencia cuando la policía francesa humilla y discrimina a una mujer por usar un burkini en la playa o cuando un joven negro es acosado y finalmente asesinado por vestir una sudadera con capucha, como sucedió a Trayvon Martin en Estados Unidos. Es, como explica el historiador mexicano Federico Navarrete en su libro México racista, la cotidianidad con que “se discrimina a hombres, mujeres, niños, jóvenes y ancianos a causa de su aspecto físico, de su manera de hablar, de su forma de vestir”. Aunque Raphael quiera dejarlo fuera de la discusión, al insultar la vestimenta y la música de Juan Gabriel se insulta sobre todo a un símbolo cultural adoptado y celebrado por miles de personas dentro y fuera de México. Son ellos, por asociación, los que son tocados por el clasismo, la homofobia, y sí, el racismo de Alvarado.

Entre otros intelectuales, Lydia Cacho, Sergio Sarmiento, Jesús Silva-Herzog Márquez y Guillermo Sheridan han reclamado la superioridad epistémica de “leer correctamente” la columna de Alvarado como un ejercicio de ironía e incluso de autocrítica. Pero no encuentro elementos para sustentar ese argumento. Es cierto que las palabras “joto” o “naco” pueden usarse en contextos socialmente aceptables. Pero que las escriba un funcionario público en un periódico de circulación nacional es un acto de clasismo, homofobia y racismo. Las mismas palabras dichas entre amigos y en privado no ejercen la violencia simbólica que se produce cuando las escribe un servidor público. La violencia de su lenguaje tampoco se mitiga ni se excusa porque se nos diga que intentó ser irónico o autocrítico. Si la supuesta ironía y autocrítica no se entendieron, es un fallo textual de Alvarado y no de sus lectores. Lo que está en juego, en realidad, es el privilegio de decidir que la clase intelectual está autorizada a discriminar como ejercicio de su libertad de expresión.

En un texto publicado el 3 de septiembre en el suplemento Confabulario, del diario El Universal, el cronista Leonardo Tarifeño defiende la cultura popular y recuerda el muy citado comentario de Carlos Monsiváis sobre el público de Juan Gabriel, “el más pluriclasista y multigeneracional que un artista popular ha conocido en México desde las épocas de Pedro Infante”. Pero Tarifeño, a mi juicio, vuelve inadvertidamente a la misma división de clase cuando concluye: “Lo de Alvarado y Juanga quizás sea un episodio más, y no el último, del desencuentro entre dos mundos”. Pero el público “pluriclasista y multigeneracional” de Juan Gabriel también incluye intelectuales, académicos y escritores. No existe, salvo en un prejuicio de clase, una discontinuidad real entre quienes escuchan por placer la música de Juan Gabriel y quienes sí deciden examinar críticamente su trabajo. El único abismo existente entre “dos mundos” se localiza entre zonas culturales imaginadas: por un lado, el espacio vulgar de la música popular que sólo escucha una masa sin educación ni buen gusto, y por otro lado, el espacio de depuración intelectual que inventa al anterior y que legitima a los mismos intelectuales que construyen la falacia de esa diferencia.

El verdadero público de Juan Gabriel se inscribe en el imaginario colectivo que el escritor juarense Willivaldo Delgadillo denominó, en un artículo publicado el 4 de septiembre en Newsweek en Español, como la “Nación Juanga”: ese espacio de inclusión que obligó al centro y al margen a cohabitar un mismo horizonte de expectativas culturales, una zona radicalmente democrática que se articula más allá del clasismo, la homofobia y el racismo. Nosotros cantamos con Juan Gabriel, nosotros analizamos a Juan Gabriel, nosotros también somos, agradecidamente, el público de Juan Gabriel.

*Oswaldo Zavala es profesor investigador del College of Staten Island y del Graduate Center de la City University of New York (CUNY). Su libro más reciente es La modernidad insufrible: Roberto Bolaño en los límites de la literatura latinoamericana contemporánea (2015).

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La demolición de la cultura

Hermann Bellinghausen
jornada.unam.mx
En una situación nacional donde se entronizan la mediocridad, el mercantilismo, el control social y el silencio cómplice de las élites o su rendición, la cultura es un blanco del ultraliberalismo económico y el autoritarismo policial reinantes. Las señas de la demolición son tantas que los casos concretos se volvieron bosque. El Estado acota, coopta o desangra las opciones de formación y difusión artística e intelectual de alcance público. Encabezado por un grupo de políticos profesionales de probada ignorancia, no va solo en la empresa. Para una mentalidad donde el único valor real es el dinero, por encima de cualquier otra consideración, la cultura (así, en general) resulta indeseable, y prescindible a escala masiva como la salud y la educación públicas, los programas sociales de impacto agrícola o productivo, los fondos de pensión, la protección ambiental. Todo esto no sería atribución exclusiva de un Estado pusilánime en la medida en que la diversidad de nuestra sociedad estuviera no representada ni consultada, sino a cargo de sus decisiones vitales.

El otro poder vigente (de hecho el mismo ya), que solíamos llamar sector privado, se adueñó de todo. Sí, de la educación, la salud y el cultibísnes; pero sobre todo de la ley y el orden, el territorio, las finanzas, los recursos naturales, la mano de obra y los mercados. Y no seamos timoratos, consideremos empresarios exitosos a los capos del crimen ilegal (toda vez que existe un crimen legal, y si no, impune por sistema). De hecho, este poder privado (en buena medida no nacional) se apoderó del Estado.

Intentan convencernos de que la democracia que vivimos es lo menos malo, mejor que antes; que el juego electoral sí merece subsidio irrecortable, pues es la razón última de la ciudadanía (aunque ésta quede fuera del juego pasados los comicios, con los partidos hechos rentables empresas familiares). La evidencia cotidiana demuestra que prevalecen la injusticia, el racismo, la violencia, el sexismo, la impunidad y la desinformación.

Y nos damos asco pero, momento, hay cosas que no debemos olvidar, los mexicanos las construimos y podemos sentirnos orgullosos, ya que no caducan ni siquiera bajo el actual dominio de los necios. Una sostenida creación artística y de pensamiento nos enaltece a todos. Nos hemos dado poetas, pintores y compositores mayores, dramaturgos, cineastas, coreógrafos, editores. Y hemos mantenido la inventiva popular del son, la alfarería, la confección indígena de ropa bella y elegante (por eso se la roban los y las modistas del mercado libre). Tuvimos un siglo XX más que presentable en términos de lo que se creó, recuperó, conservó y divulgó. Contra todos los analfabetismos, en el arte y la cultura hemos sido bien chingones, y sigue habiendo quién y con qué. Lo difícil es cómo.

Progresivamente se anulan las radiodifusoras libres (indígenas, estudiantiles, barriales) y se castra la radio universitaria (es el caso de la UNAM). Nunca son eventos aislados. Se cierran espacios por consideraciones políticas o mercantiles (destaca el inminente ocaso del Foro Shakespeare, un centro de las artes teatrales de alucinantes productividad y amplitud). Se tiende un cerco económico y publicitario a medios de comunicación críticos, mientras se acaparan los recursos para las artes materializados en becas, premios, estímulos, sueldos, compensaciones, publicaciones estériles y numeritos de lujo dirigidos por el fantasma de Porfirio Díaz.

Los beneficiarios de la alta cultura se acogen a la burbuja del mercado y el presupuesto (la culturota vale más que la culturita, a reserva de que sus simpáticas vetas de folclor, gastronomía y sentimiento popular sirvan para pararse el cuello con las visitas).

México se enriqueció con tanta creación vibrante porque los casos individuales tuvieron un dónde y un para qué de sustrato colectivo. Siqueiros nació en Camargo, los Revueltas en Santiago Papasquiaro, Paz en Mixcoac, Huerta en Silao, Toledo en Juchitán y Orozco en Zapotlán. Fue posible porque los mexicanos ganaron su país. Hoy lo estamos perdiendo. La masa crítica de aquella cultura apela a las nuevas generaciones, pero corre peligro. El poder teme al pensamiento, el flujo de ideas, la imaginación creativa de otro mundo posible, sin gente como ellos y con nuestras manos desatadas

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