Un señor sentado en la banca del parque

Ilustración de Denis Angelov.

Por: Juan David Villa

El entusiasmo de los muchachos de tercero saliendo de la escuela media hora antes de la habitual, espantó a las palomas. Era una tarde de sol absoluto y buenos vientos, y un par de nubes de buen aspecto de cuando en cuando hacían sombra para refrescar los aires. Los estudiantes se dispersaron, unos cuantos prefirieron robarle un rato al tiempo y se quedaron en el parque, encaramados en los mataculines que subían y bajaban chirriando, los lizaderos que tenían los bordes metálicos reventados y filosos, y los columpios cuyas cadenas estaban manchadas por el óxido implacable.

José Barrientos cruzaba el parque y la contundencia del sol de la una de la tarde lo obligó a sentarse en una banca de cemento que tenía la sombra refrescante de un laurel que, según los abuelos, era casi centenario. Sacó un libro del poeta Barba Jacob que llevaba siempre guardado por si acaso lo estrangulaba la melancolía, empezó a leer unos versos que estaban en una página que abrió por azar y sin mayores cuidados. Leyó una línea y levantó la cabeza para ver pasar un perro canequero de un pelaje rubio más bien apestado y unos ojos de melancolía suprema que lo hicieron pensar en sí mismo y en los rincones más tristes de su existencia, en los lugares ocultos del alma donde acostumbraba guardar sin preguntas sus dolores más filosos, era el artilugio de su memoria para cargar con el peso tremendo de la vida. Volvió a la página y leyó otra línea que le alborotó el mal de la ausencia, levantó la mirada de nuevo por mero reflejo del espíritu y se encontró la presencia total de una niña que salía de la escuela con su falda azul celeste y el bolsito café al hombro. Solo la miró tres segundos, hasta que ella sintió el peso de su mirada y volteó, pero fueron suficientes para contagiarse del mal de amores. Sintió el estrépito de su vientre y la renovación de su espíritu que tenía en escombros desde los remotos días de su adolescencia, cuando le llevó un ramo de flores a una compañera de estudio a quien tenía sin dudas por el amor de su vida y de cuya correspondencia tenía una certeza de hormigón que se volvió mierda y arena cuando se puso de rodillas al lado de su pupitre, y en frente de todos en el salón de clases, le acercó el ramo de flores que ella le recibió más por impulso que por decisión franca y le recitó un poema con la voz forzada y las manos firmes que agarraban la hoja rojiza. Ella lo escuchó sin espabilarse, le regaló un silencio de ilusión de cinco segundos, olió las rosas, le recibió la hoja rojiza y le devolvió una sonrisa con un golpe de mazo:

—Gracias, pero usté es muy feo y no me gusta.

A Barrientos algo se le quebró por dentro y ese algo quedó en pedacitos regados, no tanto por el golpe fatídico de las palabras, sino por la absoluta y descarada belleza, por los ojos miel, por la tez nueva de tono casi trigueño y los hoyuelos sutiles de las mejillas sonrojadas. Desde entonces aprendió el sano hábito de no mirarse al espejo, de bañarse con los ojos cerrados y lavarse las manos con rabia una vez por cada acto del día.

Buscó un poema de Barba Jacob: Leonel Robledo era muy tímido, / bajo una apariencia llena de majestad. / En el recóndito espejo de su ternura / se reflejaba la imagen de una mujer (…) / hay una tempestad en una gota de rocío, / y, sin embargo, no se conmueven los luceros.

Al otro día, se sentó en la misma banca y a la misma hora con la puntualidad, el sigilo y el semblante saludable de los hombres enamorados. Era tal su estremecimiento que no tuvo paciencia ni concentración para leer al poeta, y, una hora después, se paró y caminó hasta el portón y le preguntó a Dora por la hora de salida de las niñas.

—¿Busca a alguien? —Su timidez se le subió como una fiebre maleva.

—Joven, oiga, ¿busca a alguien?

—No, no, no, señora, a nadie, a mi hermanita.

—¿Cómo llama?

—Isabel.

—No conozco ninguna Isabel, ¿es nueva?

—Sí, sí, sí, mi prima es nueva.

—¿Su prima?

—Sí, mi prima.

—¿No me dijo que era su hermana?

—Mi hermana, mi hermana…

—¿Cómo me dijo que llamaba?

Barrientos tenía las ideas tan trocadas que ni siquiera pudo recordar el nombre que había dicho, las manos le empezaron a templar y sintió la vergüenza torpe de su cara enrojecida.

—Perdone, doña, voy de afán.

—¡Salen a las cuatro y media! —le gritó Dora cuando ya Barrientos había caminado media cuadra con los ojos secos y el espíritu húmedo.

Al otro día, Barrientos volvió a la misma banca, pero a las cuatro en punto de la tarde. Se sentía el bochorno de los días nublados de los meses secos, había nubes lindas sobre el occidente y nubes de aguacero sobre el oriente. Era una tarde sin clima definido, y la gente andaba con su sombrilla en la mano y su ropa fresca, quejándose del bochorno tormentoso y también de la posibilidad de un aguacero que lavara el mundo en pleno julio.

No tuvo pulso para leer ni reflejos para esquivar una mierda blanca de paloma ni tampoco entendimiento para explicarle a un señor cómo llegar a una dirección que daba dos cuadras arriba del parque, pero el señor, por las instrucciones descuidadas de Barrientos, fue a dar a otro barrio, diez cuadras más arriba.

Escuchó la algarabía de los estudiantes escapándose de la escuela a la hora de salida, sus risotadas honestas por falta de vida, las campanadas llamando a misa de cinco, las carreras de los que salían jugando a perseguirse y un rumor general del que no podía sacarse ni una frase. Empezó a buscar la niña desde la banca, se puso de pie y se le cayó el libro de Barba Jacob.

El revoltijo de padres y estudiantes uniformados se fue deshaciendo hasta dejar apenas algunas señoras que le preguntaban algo a Dora y algunos niños con sus mochilas en las espaldas que parecían esperar a quien había olvidado su hora de salida. Barrientos sintió un mal alivio. Sintió el respiro de paz interior por no tener que torear sus fantasmas, pero sintió también la tremenda desazón de los hombres solitarios. La niña salió de pronto y le dio un beso en la mejilla a Dora, intentó leerle los labios para sacarle el nombre, pero dedujo más o menos diez.

—Es un nombre corto —dijo en voz alta.

—¿Me habla a mí, señor? A la orden, son a 200 —le respondió un vendedor de mango biche.

La cobardía no tiene alojamiento en el alma de los hombres enamorados, pero sí hace nido y no se va del alma de los hombres solitarios. Barrientos ni siquiera analizó la posibilidad insensata, la de los hombres enamorados, de ir corriendo detrás de ella, porque aún la veía cruzando el atrio de baldosines grises de la iglesia, llamarla de cualquier manera y decirle lo hermosa que estaba. Y tampoco le alcanzó el coraje que juntó para preguntarle a Dora por el nombre de la niña de la que se había despedido.

Como siempre, Barrientos había dejado escapar la vida, se le había escabullido sin penas ni glorias mientras él la miraba de pie, al lado de la banca de concreto. La sensación de paz interior se fue deshaciendo entre los venenos de su desazón, que se mezcló con una pequeña dosis de culpa y el ahorcamiento mortal de su tristeza, una tristeza de hombre solo, cuyo resultado fue un suspiro frío y una lágrima de niño.

Al otro día, la niña salió con la primera parte de la desbandada de estudiantes y cruzó el parque más rápido que ayer. Barrientos tuvo apenas un minuto para encantarse y notó que llevaba los cordones sueltos. Una fuerza ajena lo levantó de la banca y lo obligó a caminar para cruzarse con ella justo en el atrio, subió las escaleras también grises con una velocidad insólita en un hombre más bien propicio a la parsimonia y más bien torpe de pasos. En la última escala se tropezó y quedó arrodillado, y la niña soltó una carcajada desde las entrañas que llamó la atención de las señoras que rezaban el rosario dentro de la iglesia mientras esperaban misa de cinco.

—Qué pena con usté, señor —le dijo entre ataques de risas breves que aparecían como estornudos—, ¿no le pasó nada?

—No, tranquila, no te preocupés.

—Yo soy muy burletera, nada personal.

—Eso veo —le dijo tranquilo—, y amárrese los zapatos.

—De pronto me pasa lo mismo —le respondió entre dos carcajadas—. ¡Gracias, señor!

La dulzura de la voz y la estridencia descomplicada de la carcajada lo fascinaron y le quedaron resonando como el susurro de un espectro nocturno. Esa noche soñó con su risotada, que en el sueño espantaba las tórtolas, las palomas, los pericos australianos y las loras enanas, causando así una desbandada bullosa que lo despertó con toda la dureza de la existencia en carne viva sobre él. Se sintió absolutamente asustado porque en ese instante, en esa mañana tibia, tuvo la certeza agobiante de que no tendría más cura que acercarse a ella. Que no podría seguir andando su existencia sin ella, que no tendría un solo instante de paz sin ella, que no conocería ni un pellizco de la dicha sin ella. Era una sensación corporal, como una herida abierta en la planta del pie que no lo dejaría caminar más nunca.

Ese día, a las tres de la tarde, salió de su casa con una determinación de la que no tenía recuerdo, ni siquiera el día del ramo de flores y el poema en el salón de clases sintió un ímpetu semejante, porque desde que tuvo conciencia suficiente para entender el funcionamiento básico de la vida humana, supo que era un cobarde sin cura.

Era otra tarde caliente, más que las anteriores porque después de la una había caído un aguacero corto, pero abundante y sin vientos. Un lapo de fin del mundo que se soltó sin avisar y que más parecía un desprendimiento del reino de los cielos que un fenómeno de índole natural. El pavimento de las calles, el cemento de las aceras y el barro de los entejados se secaron en menos de media hora por la contundencia del sol, pero la atmósfera quedó percudida por un hedor a mierda de caballo.

Así que el parque estaba fresco bajo las sombras de sus árboles viejos y por la tierra empapada, había un olor leve a hierba mala y se escuchaba el estrépito de las loras enanas. Barrientos se sentó en la misma banca y dos horas después se levantó con el alma golpeada porque la niña no apareció entre el revoltijo de la gente ni cruzó el parque con el ímpetu de sus días azules. Antes de levantarse, leyó un poema de Barba Jacob:

Yo tuve un dolor tan íntimo y fiero / de tan cruel dominio y trágica opresión, / que a atientas, en las ráfagas de su huracán postrero, fui hasta la Muerte…

El aire frío de su necesaria soledad se le metió en los huesos. La determinación con la que había salido de su casa hirvió y se deshizo, dejó el poso del sabor vinagre de la melancolía. Sin embargo, con francas ganas de mandar el universo entero a la mierda y de darle una patada en el culo, cruzó la calle y le preguntó a Dora por el nombre de la niña que había saludado de beso ayer.

—¿Su hermanita o su prima? ¿Cuál de las dos?

—Coma mierda…

—Cómasela usté, cochino morboso.

Esa noche no probó bocado y el mero olor de la comida le produjo unas náuseas sin vómito. Fue una noche amarga que le dejó en el paladar un sedimento vinagroso y una saliva gruesa difícil de tragar, una noche de varios sueños atropellados, casi superpuestos, de los cuales no podía recordar sino imágenes opacas, pero que le dejaron en el pecho la sensación densa de la tristeza, la tristeza sin quejas de los hombres solos, la que nadie consuela, la que nadie alivia con un abrazo honrado, la de palabras grises que nadie escucha, la de lágrimas forzadas que nadie ve, la de un cuarto oscuro y silencioso.

Al otro día la vio salir cogida de gancho con una estudiante un poco más alta que ella, que tenía un moño rojo que le hacía una cola de caballo y unos zapatos sin lustre. La niña iba con el cabello suelto y en la mano derecha llevaba sin emociones una flor.

Llegó a la conclusión cómoda de que no tenía novio, porque los novios no regalan flores ni escriben poemas, eso es trabajo de pretendientes ilusionados que van por la calle sonrientes y con el nombre bello de su pretendida en la boca, y que hablan de la sonrisa de ella como si ahí mismo quedara el edén, como si el tiempo, la vida y el mundo fueran ella, como si la existencia no doliera más nunca gracias a ella.

Pero esa vez poco observó a la niña y le dedicó más tiempo a grabarse con la mayor precisión posible la cara pálida, los labios pequeños de muñeca fea, los ojos marchitos de perro andariego, la nariz desviada que le daba al rostro un aire de desarmonía, como si cada parte estuviera en el lugar que no le correspondía o en la proporción que no le había dado la naturaleza. Pero también notó que al desorden de su cara, por gracia de Dios, le habían contrapuesto la armonía de un cuerpo esbelto, cada parte en su proporción debida y en el lugar justo y, para acabar de compensar la desgracia de su fealdad, un paso firme de bestia en celo que intimidaba hasta al más versado de los hombres en las artes del buen amor.

Hay días que somos tan lúbricos, tan lúbricos —leía en voz baja—, / que nos depara en vano su carne la mujer…

La tarde del otro día fue lluviosa, pero no fría todavía. La niña se le perdió a Barrientos entre las sombrillas y los plásticos negros de quienes esperaban a los niños de la escuela. La vio salir descubierta y por cinco segundos contempló el plan que le solucionaría la existencia gris: supuso que le niña iba a esperar que la lluvia diera una tregua, tuvo una certeza tonta de que nadie iba a tener la gentileza de ofrecerle el resguardo de su sombrilla o la protección incómoda de su plástico negro. Que iba a quedarse sola, atacada por el desamparo propio de las tardes grisáceas, y que él se iba a acercar sin temblores para ofrecerle su sombrilla y, más que eso, su compañía hasta la puerta de su casa. Pero se le perdió entre el revoltijo de gente apurada por una lluvia que ya decía que iba a convertirse en una precipitación sin misericordia.

Mientras buscaba a la niña, Barrientos encontró la presencia imponente de la muchacha que la acompañaba ayer y sintió el estremecimiento que le causaron sus piernas largas, descubiertas porque tenía la falda azul celeste embutida entre los muslos para protegerla de la lluvia salpicada, unos muslos evidentemente firmes y de una piel que tenía el semblante pulcro de una flor recién salida.

Se le paró al lado sin amagues y sin malicia, y dejó abandonada la sombrilla sobre la banca de concreto para que ella no supusiera nada distinto a lo evidente: que buscaba el resguardo del alero de la escuela porque el ímpetu de la lluvia había aumentado, tanto que ya se veían corrientes de agua arrastrando bolsas de basura por las cunetas hasta las alcantarillas.

—Tremendo aguacero, ¿no?

—Sí, señor.

—Pero ya hacía falta esta agüita con tanto verano que ha hecho.

—Sí, señor. —Volteó la cara pálida y sonrió. Barrientos tuvo la impresión refrescante de que su fealdad no era tan notoria cuando estaba de frente y sucumbió ante la tentación de agachar la mirada con sutileza para apreciar la majestad de sus muslos duros y ahora mojados.

—¿Y usté estudia acá?

—Sí —le respondió y sonrió honradamente—, estoy en cuarto.

—Yo también estudié aquí… Ayer por la tarde. —Los dos soltaron una carcajada natural.

—Se nota —dijo ella y se carcajeó de nuevo.

—Qué casualidad, yo ayer te vi por aquí…

Barrientos se amarró las entrañas para que los malos terrores no le frenaran los impulsos y le oscurecieran la lucidez.

—¿Sí? —sonrió— ¿Y dónde?

—Por el atrio, ibas con una niña como…

—¿Cómo…?

—Como linda, pues, vos también sos muy hermosa…

Sintió el bochorno de su vergüenza y el chorro de su cobardía. La muchacha le sonrió y le dijo que gracias, y se soltó la falda celeste que cayó hasta la sensualidad de las rodillas. Barrientos no tuvo cómo restablecer el buen aire de su ímpetu, sufrió un ataque de tos seca y no tuvo ya temperamento para mirarla a los ojos porque sabía que acababa de sufrir un sonrojamiento general y el párpado derecho le estaba brincando con total imprudencia. Se despidió sin mirarla y le dijo que iba a aprovechar una tregua de la lluvia para seguir hasta su casa, tregua que no ocurrió porque el ímpetu del aguacero no había cedido.

Esa noche abrió la cajita azul de sus melancolías y sacó los papeles arrugados de sus viejos poemas. Eran poemas honestos y grises, desgarraduras de un espíritu vencido, eran melancolías añejadas en los rincones seguros del alma, melancolías de lo que pudo ser y no fue, de lo que fue y dejó rasguños, melancolías de lo que no dijo a tiempo y melancolías de lo que dijo a destiempo porque los hombres solitarios son torpes por su propia y oscura naturaleza. Los releyó todos y verificó aquello que ya bien sabía: eran la lista meticulosa de sus dolores.

La tristeza absoluta que lo despertó al otro día, luego de un sueño en el que caminaba y caminaba por un sendero infinito y frío, lo azotó toda la mañana, y en la tarde, cuando estaba sentado en la banca de cemento, lo estrujó hacia donde estaba la muchacha de piernas largas y andar de bestia en celo.

—Venga, hágame un favor, dígame cómo se llama la niña con la que usté iba antier.

La muchacha hizo cara de sentirse emboscada:

—Yo ando con mucha gente, no sé.

—Sí sabés, decime, eso fue antier, a la salida de la escuela, iban por aquí, por el atrio.

—Ay, no, mire, ella tiene novio.

Barrientos no se derrumbó porque tuvo la certeza de que le estaba mintiendo. Así que tres días seguidos se le cruzó en el camino para preguntarle lo mismo, no con ímpetus de inquisidor, sino con el semblante desencajado y puro de los hombres en desgracia. Caminó con ella contra la voluntad de ella, el primer día apenas unos pasos hasta el atrio, el segundo día cruzaron el parque y el tercer día hasta la esquina de la casa de ella. Al cuarto día no era ya una persecución desolada de Barrientos, sino algo cercano a una conversación amable que pasó, sin que se lo propusiera, de las preguntas sobre la niña que la muchacha evadía con rodeos y medias verdades a asuntos de índole mundana.

Dos semanas después, no había podido sacarle ni la inicial del nombre de la niña, pero habían alcanzado una extraña confidencialidad y el recorrido desde la escuela hasta su casa había tomado alcances de ritual. Tanto fue así que una tarde en que Barrientos no alcanzó a llegar a la banca del parque, la muchacha, que se llamaba María Sofía, lo esperó en la puerta de la escuela hasta las últimas luces de la tarde.

Al final de la tercera semana, María Sofía lo invitó a entrar a la casa y sin pedirle permiso, ahora sí como bestia en celo, lo desnudó con una agilidad asombrosa, lo mandó contra un sofá y se le tiró como un animal desbocado. Barrientos tenía el semblante de una víctima feliz y a duras penas tuvo lucidez, unos minutos después, para agarrarle sus muslos tremendos y dejar que el universo fluyera y cantara mientras todo lo de adentro se le desprendía en un terremoto desgraciadamente breve. Unos segundos después, tuvo un ataque de conciencia y se cubrió con su camisa, tenía la certeza de que su desnudez había quedado mal hecha y cuando se miraba en el espejo de cuerpo entero y sin ropa, lo atacaban unas devastadoras ganas de llorar: “Soy más feo sin ropa que con ropa”, se decía siempre. María Sofía, con su aire seguro de mujer sabida, aventó la camisa bien lejos y le dio la espalda para dejarse contemplar. Las piernas de María Sofía no se veían tan largas, pero la dureza de sus muslos era mayor de lo que pensaba y lo fascinó el tono pálido que les daba la luz tenue.

Sintió el cuerpo desprendido, pero la conciencia pesada por rebobinar la idea de que era un tipo más bien flojo y poco útil para los oficios amatorios. Sin embargo, con todo y sus malas maneras de amante, su escasa imaginación y su terrible pavor, María Sofía lo invitó a pasar a su casa cuantas veces más pudo. En la noche, Barrientos le escribió dos líneas a la niña en un papel blanco, en las que básicamente se presentaba y le confesaba el deslumbramiento que le causaba su belleza. Al otro día, camino a casa de María Sofía, se la entregó y le encomendó el favor de que se la hiciera llegar.

—Perdón, pero no puedo dejar de pensar en ella.

—No me explique nada, yo con usté no quiero nada más, ni tampoco usté conmigo.

—Es muy sabio entender qué lugar ocupa uno en la existencia.

En la tarde del siguiente día, Barrientos no vio salir a María Sofía ni tampoco a la niña. Entonces, tuvo la desolación necesaria y suficiente para escribirle unas líneas:

Cuál de estos días será aquel en yo te mire a los ojos bellos, /aguante el golpe de su claridad y te lo diga todo… te lo diga así no más: /sin preparativos, sin ampulosidades,

sin juegos de artificio.

Que te lo diga mal, / con las palabras que no son, / con la mirada incorrecta, / sin tomarte la mano, / sin regalarte rosas… / que te lo diga simple: sin poemas ni guarniciones…

Lo escribió en un papel azul con el preciosismo de su caligrafía de profesor viejo, que enrolló y luego amarró con un listoncito morado en forma de moño. Se lo entregó a María Sofía mientras la contemplaba de espaldas, la rosaba fascinado con la yema de sus dedos y sentía el remordimiento triste de los amantes sin gracia.

—Vos no tenés que hacer nada, dejá la pendejada —le decía María Sofía.

—No me gusta estar empelota.

—A mí sí me gusta que estés empelota.

—Ciega.

—Usté es el tipo más pendejo y raro que he conocido en mi vida. —Y soltó una carcajada buena.

—Usté está muy pelaíta…

—No, pues, qué hago con el anciano, ¿mi abuelito o qué?

—Estoy mucho más viejo que vos, porque todos estamos viejos siempre, hasta los niños envejecen lentamente… Usté está muy pelaíta, o menos vieja, mejor dicho, y no entiende que uno es lo que la vida haga con uno.

—Ah, yo no creo mucho en esas maricadas filosóficas que usté dice, pero suenan bonito.

Barrientos soltó una carcajada franca y desprevenida:

—No son maricadas…

—La vida es lo que uno haga con ella. Le falta mucho por aprender.

—Yo creo que no he hecho nada con la vida, y ella me ha hecho mucho.

—Ese es su gran problema, yo le he dicho, usté es demasiado lento, parece un viejito.

—¿Usté no tiene familia?

—Como si no la tuviera…

Al otro día, María Sofía lo sorprendió por la espalda y se le sentó al lado en la banca de cemento.

—Es que salimos más temprano… ¿Usté no se cansa de leer esas cosas?

—¿Me hizo el favor?

—Se lo he hecho varias veces —soltó una carcajada sin freno que Barrientos no quiso corresponder—. Mentiras, sí…

—Y…

—Y nada, se lo entregué y ya…

Barrientos llegó a su casa empapado y maldiciendo el clima porque después de una tarde serena y más bien despejada, cuando estaba a tres cuadras de su casa empezó a caer una lluvia constante. Se quitó la ropa empapada y tuvo la mala hora de verse la desnudez en el espejo y notó que tenía un rasguño en un costado del vientre y un enrojecimiento de mal aspecto en el muslo derecho. Sintió repugnancia y ganas de llorar, aunque María Sofía le había dicho por lo menos tres veces, con una honradez a prueba de cualquier duda, que tenía el trasero masculino más lindo que había visto, unas piernas fornidas y un abdomen en buenas proporciones.

—¿Yo no sé a vos quién te dijo que sos feo? —le dijo alguna vez—. Y no estoy charlando ni es paja.

—Es que vos me querés, por eso me ves así.

—Pero yo no estoy enamorada de usté. Y no me creás tan puta, pues, yo no me acuesto con cualquier cosa.

—Ciega.

Se puso ropa ligera, tomó el libro de Barba Jacob y no alcanzó a leer ni tres poemas:

Yo no sabía que el azul mañana / es vago espectro del brumoso ayer, /que agitado por soplos de centurias / el corazón anhela arder, arder…

Se quedó dormido y sufrió la ráfaga de sueños lúgubres que siempre coincidían con los malos días. Esa tarde, María Sofía estaba más entusiasmada y risueña, y aunque lo invitó a pasar a su casa, solo le ofreció una limonada y le dijo que la niña quería conocerlo. Barrientos sufrió el ataque de su propia cobardía, se le enrojeció el rostro y el vientre y las rodillas se le aflojaron. Necesitó un baño de agua fría en su casa y varias infusiones para tratar de cuadrar algunos versos que le estaban martillando el alma hacía tres días, pero solo le salieron palabras imprecisas y un chorro estúpido de cursilerías varias y comunes que terminaron en la basura. Una hora después, aturdido por su propio desasosiego, rescató los versos y los quemó sin misericordia.

—Usté la conoce, Maria, dígame qué hago —le preguntó Barrientos al día siguiente.

—A todas nos gusta lo mismo.

Le explicó con detalles casi pedagógicos lo que ya sabía en teoría, que lo mismo eran las palabras lindas y las promesas de amor eterno, así su eternidad muriera al mes, y el dominio certero de los oficios amorosos.

—El amor es otra cosa y eso viene después…

—¿Después de qué?

—Después, usté me entiende, usté debe saber por esas cosas raras que lee, ahí deben explicar.

Al otro día, María Sofía pasó de largo y no le regaló ni siquiera la limosna de una mirada, iba a pasos largos y agarrada de la mano de un muchacho sin uniforme escolar y quizá un poco mayor. Era un muchacho mediano de estatura y bien formado, de brazos firmes y espalda ancha. Barrientos los observó hasta donde pudo y notó sin esfuerzos que María Sofía carcajeó en todo el trayecto de la escuela hasta el otro lado del atrio gris de la iglesia. Sufrió entonces una especie de cólera amarga que cuando llegó a su casa y sintió el aire frío se le convirtió en un llanto casi infantil que consoló con un pucho de marihuana que tenía guardado hacía por lo menos tres meses.

La marihuana siempre le trastornaba los cuatro humores de su organismo. Pasaba dos días enteros en su casa con las cortinas bien cerradas y las luces apagadas, no abría la puerta ni contestaba el aparato telefónico, padecía una mezcla de mal arrepentimiento y mal genio, una sensación física y concreta, un bochorno general que le volvía bilioso el carácter y arenoso el paladar. Solo le alcanzan los alientos para dormir a cualquier hora y para leer como si fuera una condena y no una actividad deleitosa.

Cuatro días después, se le cruzó a María Sofía, que lo miró entre impactada y misericordiosa, Barrientos tenía el aspecto pesaroso de un cuerpo enfermo.

—¿Y ella?

—No lo quiere ver, yo hice lo que pude…

—¿Y usté y yo?

—Usté y yo no somos nada…

—¿No?

—¿No me diga que usté es de los güevones que confunden la cuca con el amor?

—¡Puta!

—Le faltó mucho pa ser hombre, mijo.

Quedó desconcertado y sucumbió de nuevo a los placeres de su pucho de marihuana. Pasó una noche tranquila y durmió más de lo habitual, no quiso desayunar y aplazó para cualquier día la lista de sus responsabilidades cotidianas. Tenía el mal semblante que siempre le dejaba la marihuana y los humores nuevamente trastornados. Sin embargo, no estaba más triste de lo normal ni mortificado por los malos sabores de los amores negados. Sentía, más bien, el espíritu decidido y desabrochado, no porque hubiera vencido la fortaleza de sus pavores, sino porque le habían dejado de interesar el universo y sus melindros. Ese día no fue al parque y María Sofía tuvo el descaro de extrañalo mientras cruzaba el atrio gris con la niña y agarrada de la mano de un compañero de clases. Las dos tenían sus faldas azules y él, la camisa blanca y el pantalón también azul.

Pasó el día entero rebuscando libros viejos y leyendo los fragmentos que él mismo había subrayado y asimismo sacó sus versos arrugados de la cajita azul para leerlos despacio, como si no fueran de parto propio. Los ejercicios dañinos de nostalgia mala le arruinaron el ánimo y se fue hasta la cocina para prepararse una infusión que remató con polvo para matar ratas.

Al otro día se despertó después de la una de la tarde, tiró la infusión por el sifón del lavaplatos, pero antes se había cerciorado de que tuviera otra bolsita de polvo matarratas, se lavó la cara con agua fría, se echó encima casi medio frasco de la mejor de sus fragancias, cosió con lana las hojas sueltas de sus versos para formar un solo tomo, y salió de su casa con este en la mano derecha, que sentía firme y segura. Esta vez no fue a la banca, sino que se paró en todo el portón del colegio y entorpeció la salida de los estudiantes hasta que Dora le pidió de mala manera el favor de que se hiciera a un lado y dejara pasar el revoltijo.

La niña y María Sofía venían conversando. Barrientos les cortó el viaje y se presentó con una confianza que asustó a María Sofía, que trató de jalar a la niña para evadirlo. Barrientos se movió y le estiró las hojas cosidas:

—Puta —le dijo de nuevo a María Sofía y alzó la voz—: ¡esta es una gran puta!

La niña le reventó una cachetada violenta, Barrientos perdió el equilibrio por la torpeza incurable de sus piernas y cayó de nalgas en la cuneta. La niña le tiró las hojas cosidas por la alcantarilla que estaba al lado del laurel donde se escabullía el perico australiano. Un par de estudiantes lo levantaron a patadas que Barrientos ni siquiera intentaba eludir.

—¡Qué linda es usté! —le gritó.

Cuando Barrientos volvió a la casa, tenía el cuerpo tan amoratado y dolorido como el espíritu. En la mano traía las hojas cosidas que había logrado recuperar con grande esfuerzo cuando la acera del colegio estuvo sola y oscura. Abrió la puerta, en el camino se había fumado un pucho entero, fue directo a la cocina, y cuando se devolvió, en su habitación vio dos sombras que se le parecieron a María Sofía y a la niña bella.

 

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