La Gran Estafa…

La gran estafa de la democracia estadounidense

elmundo.es

«Dadme a vuestros pobres, a vuestras apiñadas masas que anhelan respirar libre, el destruido desecho de vuestras tierras superpobladas. Mandadme a ésos, sin techo, vapuleados por la tempestad. Yo enciendo mi lámpara junto a la puerta dorada».

Reportaje fotográfico de Patrick Joust (www.patrickjoust.com)

 

Traducir el pedestal de la Estatua de la Libertad al español es muy difícil. Es el problema del lenguaje poético. Es, en general, el problema de casi cualquier traducción. Por seguir con otro icono cultural neoyorkino: Woody Allen. Éste también pierde mucho en inglés. En España todos hemos oído (o leído) su libroCómo acabar de una vez por todas con la cultura. Es un título verdaderamente bueno. Sólo que el título no es de Allen, sino de sus traductores al español. En inglés, el libro se llama, simplemente, Getting Even. O sea, ajuste de cuentas. Una decepción.

Woody Allen fue el que dijo que «el 80% del éxito es presumir». Es una frase curiosa en alguien que no fue a recoger el Oscar por Annie Hall porque tenía que tocar el clarinete aquella noche. Pero también es verdad que Woody Allen sólo toca el clarinete en los hoteles más caros de Nueva York, donde, cuando él se va, la sala se queda vacía, porque se marchan todos los turistas y sólo quedan los estadounidenses. Y a los estadounidenses Woody Allen no les gusta. Como él mismo no se cansa de repetir, muchas de sus películas recaudan más en París que en todo Estados Unidos. De hecho, no es que a los estadounidenses no les guste Woody Allen. Es que no lo entienden. Y, a los que lo entienden, les cae mal. Pero quien sí sabe que «el 80% del éxito es presumir» es el que puede ser el próximo presidente de EEUU: Donald Trump. Nadie sabe cuánto dinero tiene, acaso porque tenga mucho menos dinero del que él presume.

Pero EEUU, igual que Trump, sigue el consejo de Allen. Es más, lo lleva al extremo. Porque no es sólo presumir. Es hacerlo todo más grande. A lo Trump. La ambición es parte de EEUU. Como escribió Borges, cuando el representante de una sociedad secreta que quiere crear un país distinto de todos los que existen presenta su plan a un millonario estadounidense, «éste lo deja hablar con algún desdén- y se ríe de la modestia del proyecto. Le dice que en América es absurdo inventar un país y le propone la invención de un planeta».

La ambición de ser un faro del mundo de EEUU -una «ciudad en lo alto de la montaña», una frase del Evangelio que Ronald Reagan usaba con frecuencia- acaso sólo sea igualada por la de Francia. Puede que ésa sea la razón por la que franceses y estadounidenses se adoren y se detesten, pero nunca sean indiferentes el uno al otro. Porque, a fin de cuentas, se parecen. EEUU es lo que Francia podría haber sido si su Revolución no se hubiera desmadrado en un baño de sangre, o si los Borbones no hubieran regresado, o si la geografía la hubiera colocado en una isla separada de todo el mundo con un territorio casi deshabitado al norte -Canadá- y un país al sur que nunca ha sido una amenaza -México-, en vez de entre Alemania y Gran Bretaña.

EEUU es el país perfecto de la Ilustración. Allí, la rebelión antimonárquica triunfó, y nadie la derogó nunca. Los estadounidenses tienen una identidad ideológica, más que histórica. No son románticos, como los europeos, porque el Romanticismo nunca pudo triunfar en EEUU.

EEUU es más que un país. Es una religión. Nació de la mano de los Apóstoles, o sea, los Padres Fundadores -a los que Bill Kristol, el neoconservador y enemigo jurado de Trump atribuye virtudes propias de santos en su revista The Weekly Standard– entre los que destaca el más sabio y valiente de todos: George Washington. Ellos redactaron un documento poco menos que divino -la Constitución- de cuya interpretación se encarga un colegio de nueve sumos sacerdotes que no deben explicaciones a nadie y se mantienen separados del resto del país, y que se denomina Tribunal Supremo.

También hay una herejía: la secesión del Sur. Herejía no por la esclavitud, sino porque significaba romper el país. Ya lo escribió el hombre que mantuvo la Unión, y el único presidente posterior a los Padres Fundadores que alcanza el nivel de veneración que éstos tienen, Abraham Lincoln: «Mi objetivo primordial en esta guerra es salvar la Unión, no decidir si hay que liberar o no a los esclavos (…). Lo que hago con los esclavos, con la raza de color, lo hago porque creo que ayuda a salvar la Unión».

La Guerra Civil, al contrario que las revoluciones europeas -y que las guerras de 1914 y 1939- no cuestionó los ideales del país. Al contrario. Ganó el Norte, que representaba mucho mejor esos conceptos de la Ilustración. Unos conceptos que también se basaban en el «todo para el pueblo pero sin el pueblo». A fin de cuentas, los Padres Fundadores, en general, no tenían mucho afecto hacia lo que uno de ellos, James Madison, que sería el cuarto presidente del país, calificó como «la forma más vil de gobierno»: la democracia. Su ideal era más cercano a la República romana o ateniense que a lo que EEUU es hoy en día. De ahí los alambicados arreglos institucionales, el Colegio Electoral -que hace que en realidad las elecciones sean comicios en 50 estados separados que luego se suman- y la separación de poderes llevada al extremo. El objetivo era dejar la voluntad popular muy controlada, para evitar «la impudicia de la democracia» de la que hablaba Alexander Hamilton, el primer secretario del Tesoro de EEUU.

Claro que EEUU existe casi por pura chiripa. El país nació como una coalición inverosímil. Eran puritanos fundamentalistas protestantes en el noreste; holandeses en Nueva York a los que sólo les importaba el comercio; pacifistas extremos en Philadelphia; terratenientes en Virginia y Maryland; alemanes que huían de la devastación de su país tras siglos de guerras de religión y oligarcas esclavistas que querían replicar la sociedad de las colonias británicas del Caribe.Y luego estaban los protestantes escoceses. Un grupo anárquico, que llevaba siglos en guerra, fanático protestante y que ocupó la frontera al oeste de las 13 colonias que proclamaron la independencia en 1776.

Hasta pasada la Guerra de Secesión, en 1865, «Estados Unidos» era plural. O sea, «los Estados Unidos son…». Solo el final de esa guerra EEUU se convirtió, ante los ojos de sus propios habitantes, en un país. Porque las primeras décadas de existencia de EEUU son muy parecidas a las de la Unión Europea: mutualización de deudas de los Estados (lo que obligó a crear un Tesoro común), conatos de secesión (habitualmente solventados enviando soldados) y acusaciones de imperialismo encubierto (cuatro de los cinco primeros presidentes fueron terratenientes de Virginia).

Ese patriciado virginiano se acabó en 1829, cuando los escoceses tuvieron su primer presidente: Andrew Jackson. El programa de Jackson suena a Trump: abolió el Banco de los EEUU, que hacía las funciones de banco central, y no mostró especial consideración hacia las minorías, en particular hacia los nativos. En aquella época, no tener consideración hacia las minorías era, obviamente, muy distinto de ahora. Pero el tono populista de Jackson encaja muy bien dentro de lo que hoy es gran parte del Partido Republicano. No es casualidad que Barack Obama haya decidido pasar a ese presidente al reverso del billete de 20 dólares, y que haya puesto en su lugar a la esclava huida y pionera del feminismo Harriet Tubman.

Cada grupo ha tenido su momento de poder en la Historia de EEUU. Y no ha sido fácil. Ha habido oleadas de fraude electoral. La mafia de Chicago arregló las elecciones de 1960 en Illinois para que John F. Kennedy, el hijo de un simpatizante de Adolf Hitler que además había cometido todo tipo de fraudes en Bolsa, se convirtiera en el primer -y, por ahora, único- católico en alcanzar la presidencia. Su vicepresidente -y luego sucesor- era Lyndon B. Johnson, quien llegó a afirmar que él arreglaba las elecciones en su Texas natal «sólo con una llamada de teléfono» y que lanzó a EEUU a una guerra en la otra esquina del mundo, en Vietnam, por una agresión a dos destructores estadounidenses que nunca existió.

Ha habido momentos gloriosos y menos gloriosos. Obama es el primer afroamericano presidente. Pero, cuando lanzó su candidatura, los líderes negros de EEUU, corruptos como ellos solos, estaban por Hillary. El equipo de Obama entonces, aprovechó la obsesión de las negras con hacerse las uñas y el pelo para lanzar una campaña de publicidad en todos los salones de belleza de Carolina del Sur, que celebraba unas primarias clave en febrero de 2008. Así es como Obama ganó allí. No fue su retórica, ni sus ideas. Fue que se plantara en las peluquerías a hacer campaña.

Que de esa mezcolanza haya salido no solo la primera potencia mundial desde hace un siglo, sino el país que más ha marcado la cultura mundial es un desafío a la inteligencia. EEUU ha creado sus propios iconos. El sueño americano, es decir, la teoría de que cualquiera puede llegar a donde quiera con su trabajo. Es una idea falsa, porque EEUU nunca ha tenido más movilidad social que Europa. Pero es un mito fortísimo. Y que funciona. En España nunca hablaríamos del sueño español para referirnos a una tienda de ropa de La Coruña (Zara) o a un banco que sólo en la década de los 60 abrió su primera sucursal fuera de Cantabria (Banco Santander). Y, con nuestra mala leche, no nos fijaríamos solo en la inscripción de la Estatua de la Libertad, sino en sus tobillos: allí hay unas cadenas. Porque uno de los motivos de la escultura es celebrar el final de la esclavitud y, precisamente, el triunfo de la Unión.

El cementerio de los presidentes de Estados Unidos

 
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