Contra la educación

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- No sé en qué condiciones se encuentre el diálogo entre el gobierno y la CNTE en el momento de la aparición de este artículo. El meollo de la discusión, la abolición de la ley que reforma la educación en México o su permanencia, toca un tema fundamental de la libertad y de la vida civil que no se agotará con ese diálogo.

Soy de aquellos que se suman a la abolición de esa ley; soy también de aquellos que piden un diálogo nacional que permita una construcción consensuada sobre el destino de la educación en nuestro país. Pero soy también y, sobre todo, un crítico de la educación misma. Creo en ese sentido que un diálogo sobre el tema debe antes que nada cuestionar la perversidad que se encuentra en la palabra que ha creado el conflicto.

Como lo demostró Iván Illich, educar y enseñar son palabras que antes del surgimiento de la Iglesia como un poder soberano al lado del Imperio no se mezclaban. Educar, en su sentido etimológico, significa alimentar. Implica, gramaticalmente en latín (educare), un sujeto femenino: la madre o la nodriza que amamantan. Por el contrario, aprender (del latín aprehendere) es la acción de alguien que quiere atrapar algo, tanto de un gato que persigue a su presa, como de un ser humano que busca atrapar con su intelecto una verdad. Una palabra que está en relación con enseñar (insignare), señalar un camino, un lugar, incluso una presa. De allí la fórmula latina: Educat nutrix, docet magister (la nodriza amamanta, el maestro enseña).

El uso de la palabra educar para hablar de enseñanza surgió cuando la Iglesia comenzó a monopolizar el saber que es connatural al ser humano. Aunque en sus inicios se llamó a sí misma “madre”, su maternidad se refería al engendramiento de una comunidad en el amor. Sin embargo, cuando adquirió con Constantino rango imperial, se fue volviendo una madre que concibe, lleva y da a luz a sus hijos e hijas y los cría en su pecho con la leche de la fe, hasta convertirse, en la Edad Media, en la madre dominante, autoritaria y posesiva, fuera de cuyo regazo no hay salvación. En este sentido, los obispos fueron los primeros hombres en pervertir esas funciones femeninas y llamarse a sí mismos educadores que llevaban a su grey el alma ubera (mama henchida de leche) de la madre Iglesia de la que nunca debían destetarte y llamó a sus fieles alumni (amamantados). Sólo quien se enchufaba al inmenso pecho de la madre Iglesia podía educarse, saber, volverse un ser humano y salvarse de la ignorancia y del infierno del pecado.

La secularización no hizo otra cosa que usurpar el monopolio clerical de la gran teta, y entregársela al Estado, que se proveyó de mucha mamas: la universidad –que nació en el siglo XII custodiada por la Iglesia– y sus profesiones, y la escolarización. Así, el saber, que es propiedad de los seres humanos (todos aprendemos sin necesidad de aparatos administrativos, o ¿de dónde surgieron Platón, Copérnico, Galileo, Cervantes, etcétera, si no existía la escolarización como la entendemos, una invención de Comenio en el siglo XVII?), se volvió un monopolio del Estado, a cuya teta nutricia debemos llevar nuestras bocas si queremos crecer y volvernos ciudadanos. Al igual que por siglos lo hizo la Iglesia, el Estado y sus instituciones educativas nos convirtieron en infantes que deben someterse a duras y cada vez más largas dosis de educación mediante la escuela, una palabra que en griego significa “tiempo libre” y que se ha transformado en un encierro con planes de estudio cada vez más largos, torturantes y ajenos a la libertad y al goce del aprender.

Lo que alguna vez fue el adagio de nuestra abuela nutricia: “Fuera de la Iglesia no hay salvación”, ha sido reelaborado por nuestra madre, el Estado, como: “Fuera de la Secretaría de Educación Pública y de la Universidad no hay vida”. No importa que sepas y que el conocimiento te fascine, si no has pasado por los planes de estudio diseñados por el Estado, no eres nadie. Sólo un ser condenado al infierno de la ignorancia, de la pobreza y de la segregación social.

En el fondo, la educación y su estructura cada vez más escolarizada y universalizada no es más que una forma del control social que sólo beneficia a unos cuántos mientras segrega a las mayorías reduciéndolas a la frustración y a la impotencia de no poder acceder a la leche que les permitirá vivir.

Hoy, cuando las instituciones del Estado entraron en una crisis terminal, es más que nunca necesario poner a debate la educación y su espantosa estructura escolarizada. Si no se hace así, y sólo se busca generar nuevos embudos educativos, simplemente se reproducirá, de otra manera, lo que la perversión de la educación ha generado y que constituye mucho de los males que hoy padecemos. Debemos ir, como lo propuso Iván Illich, en “la búsqueda de las antípodas institucionales de la educación”, es decir, hacia tramas de saber que, ajenas a la escolarización, aumenten la oportunidad para que cada uno transforme cada momento de su vida en un verdadero aprendizaje, lo que implica el compartir, el interesarse y el servir a otros, a través de algo que nos es connatural: el asombro de saber. De lo contrario, el big brother, convertido en madre, continuará allí, con la misma o con otra ley y otro nombre, para educarnos a todos.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a José Manuel Mireles, a sus autodefensas y a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales, boicotear las elecciones, devolverle su programa a Carmen Aristegui y abrir las fosas de Jojutla.

 

 

 

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