EL AMOR, ese desconocido

¿Esto también es amor?

Él lleva media hora tratando de localizarla en casa y en el celular sin conseguirlo. Su esposa le pidió que pasara a recoger unas cosas en casa de una amiga, puso tanto énfasis en la urgencia que se ha salido del trabajo para hacerlo, desafortunadamente la amiga no está. Quisiera que su esposa le llamara para averiguar si va a llegar o saber si es mejor retirarse. Qué manía tan desesperante la de olvidar el celular o tenerlo en modo silencioso cuando más necesita localizarla. ¿Esto también es Amor? Porque siente unas amorosas ganas de ahorcarla por hacerlo perder el tiempo y por no valorar lo que hace por ella.

¿Esto también es Amor? Ella tiene dos días sumida en el mutismo total. Algo dijo él, hizo o dejó de hacer. Ella cree que lo castiga con su silencio, pero no se da cuenta que para los hombres es un premio. Un pase libre para llegar tarde sin avisar, para jugar videojuegos hasta la madrugada sin temor al reproche, para no pedir permiso para usar su tiempo como les venga en gana. Finalmente, ya está enojada, su silencio más que un castigo, es una coartada. ¿Esto también es Amor? él preferiría que ella no se castigara a sí misma con esa actitud.

Es jueves, ha quedado con su mejor amigo en ir al billar a echarse una cerveza y platicar para ponerse al tanto de lo que ha sido de sus vidas desde la última vez que se vieron hace seis meses. Tan solo se lo ha dicho, ella se ha puesto como loca, toda celosa y a la defensiva. Pareciera que cada viernes se larga con sus amigos a tomar la parranda; pareciera que no trabaja toda la semana para que nada falte en casa; pareciera que ella no ha salido por lo menos cinco veces en ese lapso con alguna de sus amigas,  a tal o cual evento, mientras él se queda a cuidar a los niños. ¿Esto también es Amor? Porque entonces no es parejo, vaya ni siquiera se parece a la amistad.

¿Esto también es Amor? Se pregunta él, encerrado en su cueva del silencio con la PlayStation encendida. Mientras ella lo mira estresado, agobiado por los problemas del trabajo, la casa o vaya Dios a saber de qué y lejos de tomar una actitud de apoyo hacia su compañero de vida, él la observa irse a la recámara a esperar cómo caramba él escapa del atolladero y vuelve amoroso a “hacerle piojito” por las noches como cuando no trae tormentas internas. Él suspira, antes de regresar su atención a la pantalla plasma, reflexiona en lo que daría por hacerle entender que en vez de ese control con botones entre sus manos, quisiera sentir las manos de ella masajeándole los hombros y la espalda, sus labios y su sexo desahogando la tensión en su cuerpo y después, solo cuando el muro haya caído, platicarle lo que le pasa, a ella su amada compañera de vida.

Otro domingo más de larga visita a los suegros en donde escuchará las mismas historias de siempre. La televisión estará sintonizada en algún canal horrorosamente popular. La conversación de las cuñadas girará sobre un tema superficial o la noticia de moda en las redes sociales. Su mujer estará felizmente engarzada en lo suyo, sin considerar si él tiene hambre o sed, si le apetece irse al porche a leer un libro o usar el celular sin sentir su mirada de reclamo en la espalda; tal vez, siendo muy idealista, irse a ver un partido de futbol como hacen sus concuños, los mismos que ni siquiera están ahí cada domingo soportando esa tortura.  ¿Esto también es Amor?, ¿la desconsideración hacia la pareja?, ¿la actitud egoísta de obligarlo a “compartir” con la familia política en vez de otorgarle la libertad de elegir qué hacer con su tiempo, mientras ella hace lo que quiere con el suyo?, ¿Esto también es Amor, piensa de nuevo? Si es así, entonces te amo muchísimo, vida mía.

Otro maldito año en el que todo el mundo se ha acordado de su cumpleaños, menos su mujer. Y por todo mundo, se refiere a su mamá, su abuelita, sus hermanos y hasta el conserje del edificio. Menos ella, la que se supone que lo ama más que nadie en el mundo; la que ha de ser su compañera para la eternidad; la madre de sus hijos; la misma a la que en su cumpleaños le cantaron las mañanitas al despertar, la llevaron a su restaurante favorito y le compraron el modelo de celular que tanto quería. Vaya, ya no espera que le regale algo especial o le cocine una súper comida de cumpleaños, con que no se le olvide en las madrugadas de cada año sería suficiente. Un poco de sexo oral o una cabalgada amazónica y se sentiría el rey del universo el resto del día. ¿Esto también es Amor? Porque se siente un tanto frío y desvalorado como hombre en un día que debería ser el mejor del año.

Germán Renko

***

¿Esto también es amor?

Se pregunta ella cuando se descubre mortalmente aburrida de las frases simples que su marido, intentando ser amoroso, le dice como si repitiera la receta para preparar una simple sopa. Ese “Te quiero, nena” o “Buenas noches, cariño” dignos del más anodino memorándum administrativo le saben a la peor de las afrentas y se siente todo, menos amada.

Es que los años de matrimonio estable y pareja ejemplar hoy la asfixian como si tuviera una placa de metal incrustada entre los pulmones y apenas puede inhalar el aire con aroma doméstico de la recámara donde pasa las noches desde hace quince años con su marido al que ¿ama?

El hombre que cambió de ciudad para mudarse a vivir con ella porque quería complacerla aunque tuviera que jugarse la vida y el origen y al que alguna vez miró como su héroe personal ahora le resulta infantil, tediosamente ordinario. Un niño que necesita aprobación sin cesar y que se entrega cada noche a los videojuegos para “desestresarse”. Una imagen ulcerante que le hace preguntarse dónde diablos quedó aquel hombre del que estuvo tan enamorada.

La pancita esponjosa cultivada a base de cerveza, la repetición ad nauseam de las mismas anécdotas, las deslumbrantes frases o inteligentes conclusiones que le roba a ella y que pronuncia delante de los amigos como si las hubiera concebido él mismo, su uso del “nosotros” para referirse a las cualidades de ella: “nosotros preparamos una paella buenísima” o “nosotros vemos películas de cine mudo porque nos encantan…” La paella la preparo yo, piensa ella. Y de cine mudo no sabía nada hasta que me conoció.

Todas esas cosas de él ella las odia pero al no tratarse de un odio limpio, poderoso y determinante sino pastoso como la cotidianidad; no toma la decisión de dejarlo e incluso, a veces, se le ocurre que eso también es el amor.

Pero es que odia la playera de la selección argentina con el número 10 que él destinó a formar parte del pijama más ridículo jamás diseñado: la leyenda Messi, unos desvencijados calzones tipo bóxer a rayas y, cuando hace frío, calcetines; ¿cómo se hace para conservar las ganas de coger luego de pasar tantas noches delante de semejante espectáculo anti sexual?

Aborrece su incesante ataque a las botanas en las reuniones  y la forma en que se tira los cacahuates a la boca como changuito de feria para hacerse el divertido frente a los demás pero una vez que se quedan solos podría ganar el premio a Mister Aburrido; sus deslucidas botas de montañista con las que quiere parecer más salvaje y menos domesticado y que tan inapropiadas resultan para cualquier evento.

Sus manías. Todas. Tantas. Particularmente las orales. Decir vinito en lugar de vino, chasquear la lengua al hablar, masticar haciendo un ruido obsceno.

Y saber, también, que él siempre estará ahí, que cuenta con su lealtad a prueba de fuego y que con él construyó un refugio al que puede volver después de cada jornada. El buen humor y la facilidad con la que él prepara esa omelette de espinacas los sábados y que lleva a la cama para que ella duerma otro rato. Los abrazos con los que la contiene como nadie más puede hacerlo.

¿Eso también es amor? Cuesta responderse, amor parece pero quizá no es, será otra cosa, una muy buena y estable, piensa ella mientras dobla la playera de Messi para ponerla debajo de la almohada derecha que es el lado de la cama donde él duerme, ¡Dios mío!, desde hace quince años.

Alma Delia Murillo

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