JOAQUÍN COSÍO: LA REALIDAD DEL PAÍS ES TRISTE, GROTESCA, TERRIBLE…

Creo que lo que realmente nos ocurre es patético. Es triste. Es indignante. Yo creo que esa realidad nos hace voltear la mirada, yo creo que la realidad de nuestro país es tan fuerte y es tan grotesca que yo creo que de alguna manera hace que el mexicano no pueda verlos, prefiera voltear a otra parte…”

Por: Humberto Padgett – agosto 29 de 2014

Joaquín Cosío está de vuelta.

El actor que ha representado papeles tan cruciales para el cine mexicano contemporáneo como El Cochiloco, estereotipo de matón que al final se reivindica en El Infierno de Luis Estrada, está a semanas de volver a las salas de cine en una nueva farsa política, La Dictadura Perfecta.

Congruente con ese universo en que lo mismo dar ver la bandera mexicana bañada con la sangre de un narcopolítico o a un político con buenas intenciones ascender sólo cuando se pervierte en serio, la próxima cinta funciona como un espejo de feria que distorsiona una realidad ya de por sí bizarra, pero ablandada generosamente con humor negro.

Y, nuevamente, nadie sale bien librado al final de la tragicomedia. Como nadie sale sin raspón cuando pasa por la esquina del enorme Joaquín Cosío.

Joaquín Cosío. Foto: Sinembargo / Antonio Cruz  Evidentemente, el denominador común de que la realidad siempre superará a la ficción es más cierto que nunca, dice Joaquín Cosío. Foto: Antonio Cruz, SinEmbargo

Ciudad de México, 29 de agosto (SinEmbargo).– Cuando se habla con Joaquín Cosío una de las conclusiones a las que se llega –cuando habla de sus personajes y del cine de Luis Estrada– es que su eficacia en la comedia de cintas como El Infierno radica en que, a final de cuentas, se trata de una ficción, y que la certeza de la tragedia del sistema político mexicano es que es una no ficción.

A unas seis semanas del estreno de la próxima película de ambos, La Dictadura Perfecta, el actor nayarita por nacimiento y juarense por adopción, habla con SinEmbargo del cine y de cómo la pantalla es una frontera difícil de detectar entre la tragicomedia protagonizada por actores y la tragedia bufa encarnada por los políticos.

–Las películas de Luis Estrada como El Infierno y La Ley de Herodes, ¿son suficientes o se quedan cortas para tratar de entender el México que tenemos?

–Son películas que, como tales, crean su propio universo y cosmogonía. Tienen una relación directa con la realidad, pero, evidentemente, el denominador común de que la realidad siempre superará a la ficción es más cierto que nunca. En el caso de El Infierno, si hablamos de esa película tan exitosa y tan ruda y al mismo tiempo tan hilarante y tan asfixiante para muchas personas, no tiene ya mucho que ver con lo que está pasando actualmente. Yo no diría que es como un espejo, sino el universo del director.

–Más en su calidad de fábula que en su calidad de documental.

–Yo me quedo con la ficción en el sentido de que adquiere tal potencia, porque desiste del retrato fidedigno. Por esto tiene el tono tragicómico que nos permite ver una serie de historias crudas y violentas y, a pesar de ello, las resistamos. El tratamiento de El Infierno, si hubiera sido realista, casi documental, no hubiera sido tolerado por el gran público. Sin embargo, es inevitable lo que estamos viviendo ¿no?

–¿Qué nos pasa a los mexicanos que no somos capaces de asomarnos y ver de manera real, sin limitaciones ni cohibiciones, lo que está ocurriendo?

–Creo que lo que realmente nos ocurre es patético. Es triste. Es indignante. Yo creo que esa realidad nos hace voltear la mirada, yo creo que la realidad de nuestro país es tan fuerte y es tan grotesca que yo creo que de alguna manera hace que el mexicano no pueda verlos, prefiera voltear a otra parte, que es justamente una realidad terrible.

–¿Te has preguntado cómo sería vista El Infierno en un país como Suecia, Noruega, Suiza?

–Tienen que verla desde la supremacía de la ficción y del universo de Luis Estrada, de la gran estructura artística de la película. Claro, evidentemente hablarán y tendrán que darse cuenta que es el México de hoy. La percepción inmediata en otros países es de una película bien hecha, fascinante y con una estructura bastante redonda. Ya fuera de esto, el espectador también pensará que es un país triste y que efectivamente lo que muestra El Infierno es real. Es agobiante cómo los personajes originales, hablo del Cochiloco y su compadre Benny, casi quedan como ovejas blancas ante la llegada de personajes siniestros. Si nos desligamos un poco de esa noción o de esa potencia creadora de la película vemos un México completamente deshecho y sumergido en sangre, la metáfora visual de El Infierno, esa imagen del compadre chorreando sangre sobre un Escudo Nacional.

–Es el México ensangrentado.

–Es el México ensangrentado. Es el letrero de “Viva México” que se derrumba y se cae. Esas imágenes bastante significativas son aportaciones resonantes del lenguaje cinematográfico de Luis Estrada.

–¿Estaría de acuerdo Mario Vargas Llosa con el título de esta película?

–Muy probable, pero no sé si le guste el estilo. Me parece un escritor bastante refinado tanto en su ideología como en su pluma, y el lenguaje de Luis Estrada es un lenguaje muy sardónico, caustico, de humor negro y raigambre popular. Es una narrativa explosiva y de muy mucha mala leche.

–¿Hay un propósito didáctico, como lo hay en las fábulas?

–Creo que sí. Bueno, no sé qué tan directo lo pueda hacer Luis Estrada porque nadie se salva, en ese sentido no creo que haya una intención de decirnos que no tenemos remedio, pero si revisas El Infierno, no hay un solo personaje como que se salve. Están todos profundamente corrompidos, hasta los huesos, y creo que La dictadura perfecta será lo mismo, si no es que peor.

***

–¿El sistema político mexicano es más susceptible de ser descrito bajo la teoría del crimen organizado que bajo la teoría de la ciencia política?

–Creo que sí. Casi podría decirlo, si en este momento nos ponemos a reflexionar qué quiere decir político, si cuando somos espectadores de las últimas reformas, del juego político que se gestó, de personajes que solamente funcionan con componendas internas, que se deben a arreglos que su propio partido genera con otros partidos, a los mutuos obsequios mutuos que se otorgan, la del político se reduce a la búsqueda constante de poder y dinero.

–¿Esa podría ser la definición de un narcotraficante?

–Desde luego, búsqueda de poder y dinero, claro que sí. En ese sentido hay similitudes.

–¿Tenemos un país al que lo definiría más el narcotráfico o la simbiosis del crimen organizado con la política?

–La simbiosis del crimen organizado con la política. No podría existir el crimen organizado sin la venia política. No puedo pensar que la profunda corrupción que vive nuestro país no esté solapada por aquellos que detentan el poder político. Yo no puedo entender cómo descubren un cargamento con cien mil toneladas de hierro que sale de Manzanillo [Colima] y antes no fue descubierto en nuestro país. Esa en una labor totalmente avalada por el poder político. Yo no puedo pensar que [Servando Martínez] La Tuta [jefe del Cártel de los Caballeros Templarios] es un poder autónomo, no lo puedo creer. El poder absoluto que parece tener este sujeto no puede serlo sin que haya sobre él una venia política, fuerzas políticas que velan porque el cumpla su trabajo con efectividad.

–¿Qué nos dice de un conjunto de  instituciones que al inicio de ser tomadas por el Partido Acción Nacional [PAN] dejan libre al Chapo Guzmán [Joaquín Guzmán Loera, líder del Cártel de Sinaloa] y que ese  mismo conjunto de instituciones al regreso en ellas, políticos del mismo Partido Revolucionario Institucional [PRI] lo vuelven a aprehender?

–Que los acuerdos políticos con el crimen organizado son hechos específicos. Puedo pensar también en la captura y anterior salida de Rafael Caro Quintero y en su inmediata desaparición posterior a la aprehensión del Chapo Guzmán. Es absolutamente posible que eso forme parte de todo un acuerdo que relacione la reestructuración de los aparatos del narcotráfico con la reestructuración de los aparatos políticos.

***

Joaquín Cosío. Foto: Sinembargo / Antonio CruzJoaquín Cosío afirma “No puedo pensar que la profunda corrupción que vive nuestro país no esté solapada por aquellos que detentan el poder político”. Foto: Antonio Cruz, SinEmbargo

Joaquín es un hombrón con una risa de las mismas proporciones a sus manos de luchador. Lo risueño y entrón no es exclusivo de sus personajes de ficción.

–¿Qué  opinión tienes de que el político más encumbrado en este momento en el país sea un hombre como Enrique Peña Nieto?

–(Risas) Es sumamente patético. También tendríamos que hablar un poco de la nueva película de Estrada. La nueva película de Estrada, en la que yo participo y cuyo guión conozco, habla de cómo la televisión hace llegar a la Presidencia a un gobernador corrupto. Y al pensar en esa pregunta, hablar de Peña Nieto como una figura preponderante y encumbrada, pues habla de toda una estructura de cartón. Pienso inmediatamente en un escenario simulado, en una gran tramoya de luces iluminando un set y, en ese set, justamente el maquillaje… Y detrás está toda la sangre y el dolor del pueblo mexicano. Por eso hablo de patetismo, de la necesidad de claro manejo mediático de la figura de Peña Nieto en contraste con una realidad que buscan constantemente desaparecerla y deshacerla, apareciendo en revistas de moda, en revistas de corazón. Pareciera que con ello quisieran decir que no pasa nada en nuestro país y que todo marcha sobre ruedas y que la pobreza y la violencia no son una realidad.

–¿Y qué piensas de que el principal político en la izquierda institucional, quizá oficializada ahora, sea un personaje como Jesús Zambrano Grijalva, dirigente nacional del PRD [Partido de la Revolución Democrática]?

–En buena medida todo lo que ha hecho el Presidente Peña Nieto, todo el conjunto de supuestas reformas estructurales, se organiza en la poca resistencia y la poca confrontación que tuvo la oposición y que, de alguna manera, Zambrano engarzó. Hablo de alguien que ha simulado y que también entra en toda esta configuración de escenografía y de sed de lo nimio.

–¿Gustavo Madero [Muñoz], presidente del PAN?

–Puede sonar absolutamente pesimista, pero el PAN… Yo puedo entender el cinismo del Partido Verde porque es evidente y obvio, es claro, son unos cínicos desvergonzados, son unos jóvenes profundamente corrompidos y que no tienen demasiadas intenciones de contradecirnos en esos juicios; pero en cambio el PAN, o en este caso su presidente, están obstinados en decir que no lo son, que son un partido coherente…

–Incluso decente.

–¡Incluso decente! Que son un partido de oposición y que está hecho de activistas que quieren a su país y a su partido y eso es absolutamente falso. Las pruebas existen por una serie de personajes turbios, corrompidos igual en la búsqueda inmediata de beneficios concretos, de beneficios económicos ridículos, situaciones vergonzosas que hablan más de esa famosa doble moral clásica, de un partido conservador y profundamente reprimido, profundamente traumático.

–¿Qué te inspiraba Luis Alberto Villareal [ex coordinador de Acción Nacional en la Cámara de Diputados] bailando con la Montana [la bailarina exótica con quien fue grabado y exhibido el político guanajuatense]?

–Se ve muy mal, se ve terriblemente mal. Luego los ves en una tribuna hablando, investidos de la verosimilitud con el discurso y la acentuación de palabras. Es patético: da mucha vergüenza.

 

 

***

–Si tuviéramos una galería de los presidentes y, en vez de ordenarlos en sucesión temporal, los ordenáramos de acuerdo a lo que los agrupan. Por ejemplo, Felipe Calderón Hinojosa junto a Luis Echeverría Álvarez y Gustavo Díaz Ordaz.

Pienso que Calderón es un personaje muy poco sesudo. No quiero decir la palabra tonto, pero es un personaje con poca inteligencia. Parte de su peligro, es justamente el terrible cruce de sus valores religiosos con sus ambiciones políticas, sus intereses creados dentro de los intereses de aquellos que lo han rodeado. Y su adicción. Es un personaje cuya negligencia y poca inteligencia lo hizo sumamente peligroso y dañino.

–¿Enrique Peña Nieto?

–Enrique Peña Nieto me parece siniestro, porque es una especie de ‘reyezuelo’ caprichoso y punitivo.

–¿Fox?

–Fox es un idiota, con todo respeto.

–¿Para los idiotas o para él?

–(Risas) Es un personaje… yo creo que chistoso, es también por eso que han hecho tanto daño al país esos personajes panistas por ser tan ingenuos, tan torpes.

–¿Ernesto Zedillo?

–Una política oscura también.

–¿[Carlos] Salinas [de Gortari]?

El gran maestro de la tenebra mexicana. El gran maestro del simulacro priista, del gran paradigma de los priistas.

–En este universo paralelo y político de Luis Estrada, ¿tú encuentras a un sólo personaje más siniestro que Salinas de acuerdo a lo que has comentado?

–En las películas de Estrada… En esta última, La dictadura perfecta, tienen que ver al personaje del gobernador Carrillo Vargas. Habrá que estar muy atentos con esta película.

–¿A quién interpretas?

–A un político de oposición. Y habría que estar atentos porque como está jugando el PRI es muy probable que se hagan debates para que la película no se exhiba o para que tenga problemas de exhibición.

–¿Juegan recio?

–Juegan duro, recio y debajo de la almohada. Son de los que tiran golpes, se esconden y nadie levanta la mano.

–¿Qué similitudes encuentras entre Salinas y Peña Nieto ahora que te referiste también a Peña nieto como un ‘reyezuelo’?

–Es una relación de maestro y alumno. El gran maestro se fragua en la serenidad y en el control y Peña Nieto es el alumno exacerbado y ansioso de mostrar sus dotes de maestro y, por ello, es extremadamente extrovertido en el sentido de que le gusta hacer que lo noten. El gran mérito lo que lo llevó a notarse es Atenco, la violencia contra los campesinos y…

–Las mujeres.

–Y las mujeres. Ese es el mérito de este personaje.

–¿Sangre fría y corazón de piedra?

–Exacto. Un poco parecido a esto: “Sí puedo, porque no voy a doblar las manos”, y esto lo hizo destacarse. Y luego esta historia del montaje y del maquillaje, de este jovencito guapo que la televisión lo convierte en un producto y lo vende.  

 ***

Joaquín Cosío. Foto: Sinembargo / Antonio Cruz “Pareciera que con ello quisieran decir que no pasa nada en nuestro país y que todo marcha sobre ruedas y que la pobreza y la violencia no son una realidad”. Foto: Antonio, Cruz, SinEmbargo

–¿Quién ha lastimado más la democracia mexicana, la Iglesia o el conjunto de medios mexicanos?

–¡Uff! Pensar en uno u otro es un poco complicado. Evidentemente ambos. Estamos hablando de dos estamentos o de dos instituciones  que van de la mano con el poder, que han ejercido su propio poder en beneficio del gran poder, de la gran autoridad. Han sido muy agresivos, porque la gente cree en ellos, la gente cree en la Iglesia y en lo que lee en los periódicos.

–¿En qué conjunto de cuatro personas colocarías a Norberto Rivera si lo tuvieras que colocar en un vagón de tren que va rumbo a la nada?

–Felipe Calderón, desde luego. Genaro García Luna [ex Secretario de Seguridad Pública]. Norberto sí, por supuesto.

–Te faltan dos. –[Risas] Probablemente, no estoy seguro de Onésimo Cepeda

–Joaquín parece metido en un examen de título de suficiencia de álgebra en la secundaria.

– Es que son tantos… Podría ser este personaje tan terrible, aquel gobernador repulsivo: Mario Marín, El Góber Precioso. Ese tipo es despreciable, es históricamente despreciable. Yo siempre lo tengo en la cabeza como el paradigma del político detestable y cínico. Una parte de la película La Dictadura Perfecta podría tener que ver con Marín.

–¿Quién lastimó más a Juárez: Amado Carrillo, El Señor de los Cielos, o Felipe Calderón?

–Felipe Calderón, sin lugar a duda, y el ejército y la policía federal. La violencia contra la ciudadanía me parece que ha sido ejercida por las autoridades. Yo no creo que sea una estrategia del narcotráfico asustar a sus propios consumidores, a quienes son su posible mercado. El narcotráfico busca entre sus intereses una plaza tranquila.

–Pensando en que tú representas la idiosincrasia del juarense, ¿qué inspira el nombre de Felipe Calderón? ¿Y qué inspira el nombre de Amado Carrillo?

–En el caso mío, yo soy un absoluto detractor de Felipe Calderón. Yo estoy profundamente resentido con este sujeto. Yo lo vi atentar contra una ciudad tan noble como Ciudad Juárez [Chihuahua]. Y Ciudad Juárez le dio su merecido de vez en cuando. Amado Carrillo es un mito en tanto que operó en una bodega hermética. La violencia de Felipe Calderón me parece que rayó en la estupidez. Las lesiones que hizo cuando Ciudad Juárez sufría y la burla terrible y la mentira son imperdonables.

–¿Qué piensas de [Andrés Manuel] López Obrador?

–Yo soy simpatizante de López Obrador porque me inspira confianza y porque sí creo que es un personaje honesto. Si revisas el panorama de quienes protagonizan el mundo de la política, no hay una sola persona en quien pueda confiar este momento.

–¿Pero López Obrador sí?

–López Obrador, creo en él.

–¿A pesar de [René] Bejarano [Martínez]?

–A pesar de Bejarano. También sé que López Obrador seguramente es un personaje como todos nosotros y tiene contradicciones, tiene ambigüedades. Seguramente se habrá de equivocar y seguramente es una persona muy tozuda, obcecada, como se lo señalan. Y, seguramente, si llegara a ser Presidente cometerá errores, pero por lo pronto es un personaje en quien yo puedo confiar. La confianza es una especie de resplandor, de simpatía, y yo creo en López Obrador. No pudieron con él, al menos durante su gestión, cuando Vicente Fox echó andar todo ese proceso terrible del desafuero y no han podido con él.

***

El Cochiloco, lo dice el propio Joaquín, es la vivificación de un estereotipo.

Pero El Cochiloco, el anterior o el original, como se le quiera ver a Manuel Salcido Uzeta, fue un narcotraficante sinaloense caracterizado por su espíritu violento que heredó fugazmente el imperio dejado por Miguel Ángel Félix Gallardo.

Murió relleno de plomo luego de supuestamente robar algunas toneladas de cocaína a unos narcotraficantes colombianos.

“El personaje que yo interpreto”, retoma Joaquín Cosío la conversación, se reivindica al final y que es respetado porque al mismo tiempo que es riguroso, es un personaje honesto, ama a sus hijos, es un personaje honesto. Es una buena persona, en ese contexto violento y terrible”.

–¿Todavía viajas en metro?

–Sí.

–¿Cómo te dice la gente?

–Últimamente ya me dicen Joaquín. Pero muchos no saben cómo me llamo.

–¿Te dicen Cochiloco?

–Algunos.

–¿Y cómo te sientes que te digan Cochiloco?

–De la gente me gusta, pero no de los medios digan porque se fija un poco la idea y no quiero ser conocido como el Cochiloco. Yo soy Joaquín Cosío. El Cochiloco es un personaje que hice y hay otros tantos. La gente tiene derecho a hacer lo que quiere, a la gente no le puedes decir nada y aun así la gente es profundamente respetuosa. Las excepciones existen como en todo y está quien se acerca y me da una palmada y piensa que soy un comediante, una especie de bufón: “¡Ah, Cochiloco, ¿qué pasó? ¿Cómo andamos?” La gran sorpresa es el efecto de un personaje sobre la gente, como este personaje tan ambiguo y tan contradictorio y tan complicado. A la gente le gustó mucho.

–Tú vienes de Ciudad Juárez, a la que posiblemente el narcotráfico podría definir. ¿Cómo ha sido el encuentro de tu infancia con el de la caracterización de un personaje que representa el narcotráfico?

–Yo llegué muy joven a Juárez. Llegué a cursar el quinto de primaria, estamos hablando de unos nueve años. Cuando pienso en el narcotráfico, inmediatamente pienso en poder político. La violencia del narcotráfico transformó a Ciudad Juárez y la lastimó profundamente, pero pensaría yo que es el poder político el que también ha lastimado y violentado a nuestra ciudad.

–Si te encontraras en la butaca de al lado en el cine a Manuel Salcido, ¿qué crees que te diría?

–Yo quisiera pensar… Yo he tenido encuentros con personajes del crimen, encuentros casuales en restaurantes y el personaje les cayó bien. A pesar de las circunstancias que han dado mucho miedo, han sido bastante amables y, entre otras cosas, han dicho que “¡Qué buen personaje, que simpático y qué agradable!”. En el caso de Salcido, tengo entendido que fue uno de los primeros personajes sanguinarios y no estoy muy seguro que le hubiera agradado mi interpretación. El personaje del Cochiloco es un personaje leal, es un personaje humano. *

http://www.sinembargo.mx/29-08-2014/1101026

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