Benito, el hombre de las cavernas

La historia de un coahuilense que eligió vivir en una cueva solitaria.

POR:   JESÚS PEÑA SÁNCHEZ

vanguardia.com.mx

lunes, 26 de mayo del 2014

 

Saltillo, Coahuila. “¡Benito!” La voz venía de afuera y Benito, que estaba solo y su alma en la inmensidad del desierto, salió temerario a la intemperie clara del día para ver quién le hablaba, pero no vio a nadie. “¡Bah!”.

No era la primera vez que le pasaba, sino que la voz aquella, que a veces parecía de hombre y otras de mujer, lo sacó de sus pensamientos y Benito se asomó para ver quién era. “Han de ser los indios…”, malició.

Algunas tardes que salió a regar sus arbolitos, escuchó rumores de gente que pasaba cerca de la cueva averiguando, y Benito volvía la cabeza para seguir con la vista a la procesión, pero nada, no era nadie.

“Han de ser los indios”, decía para sus adentros y volvía a su tarea de bañar los duraznos con el agua impetuosa y fresca que mana de los veneros del cerro.

“Dicen que los indios son los que espantan, o los tesoros que dejaron ái. Sí asustan, se oyen ruidos, se oye que te hablan, ve uno gente a caballo en la noche…”.

En realidad a Benito no le daba miedo, estaba tan acostumbrado a oír esos ruidos incorpóreos desde que se había venido a vivir, por temporadas, a su piedra – habitación o casa de piedra en el paraje conocido como San José, en el desierto de Ocampo, Coahuila, hace 10 años, que…

Para entonces, Benito Hernández García ya era el hombre más famoso de toda la comarca. Era el señor, moreno y de barba canosa, del Ejido San Miguel, que se había hecho su casa en el hueco de una piedra gigantesca. El tipo que se había ido a vivir con su familia, su esposa Santa Martha y sus nietos, a una piedra provista con agujero, como una cueva.

Los periodistas empezaron a caer de todas partes para hacerle entrevistas y sacarle fotografías posando en su rancho, donde parecía que el tiempo se había detenido, hace miles de años, en la Era de Piedra. Donde el sol caía como plomo hirviendo sobre la piel y el viento lanzaba llamaradas con la furia de dragón.

“Hay gentes que conozco de hace mucho, me los topo y me gritan ‘¡ese!, oyes güey, ¿por qué no habías dicho que ya eres famoso?, ya hasta en las novelas sales, en las revistas’. Y yo me siento mal, ¿cómo voy a ser famoso, si soy muy pobre?, la fama va con el dinero. Me dice la gente ‘ya eres famoso, fíjate donde andas’, ‘pos sí, – les digo- , nomás que soy famoso sin dinero’”, platica Benito.

Las lenguas clarividentes y premonitorias del pueblo habían desempolvado viejas consejas sobre la existencia de tesoros escondidos por los indios en los agujeros de las piedras. Pero Benito, que era respetuoso de los espíritus, prefirió hacer oídos sordos y vivir en paz con sus fantasmas. “Me dicen ‘no estás rico porque no quieres, hay mucho dinero en tu rancho’, ‘pos sí, – les digo- , pero si no es mío, ¿por qué voy a andar haciendo lo que no debo?’.

“Hay gentes que sueñan la piedra esa de enfrente, dicen que hay un tesoro y que hay indios parados ahí cuidándolo, los ven ellos en sueños. No sabe uno lo que le va a pasar, los indios enterraban la cosa y la enterraban con brujerías, ritos, le puede pasar algo a uno. Ta cabrón, lo que no es de uno, ni pa qué buscarlo”.

Benito era un niño y ya soñaba con que ese lugar, tan lleno de piedras talladas y pintadas por la mano de los indios y que a él lo atraía como un imán, sería suyo algún día. “La gente viene a buscar piedras, a ver las piedras, a ver la casa”.

Había pasado allí toda su infancia, junto a a los mayores del pueblo, que caminaban 30 kilómetros y seis horas diarias, de ida y vuelta, cuando no había carretera, para fabricar, como en un obraje de abejas, la cera de candelilla que a la sazón era el único modo que tenía la gente de sobrevivir.

Entonces esto eran campos de trabajo y mientras sus hermanos fabricaban la cera, Benito se las vivía trepando por los picachos del cerro de piedra, el Cerro de San José, para contemplar la mancha de rocas en medio de la planicie inmensurable.

“A mí lo que me atraía eran las pinturas de los indios, todo lo que había aquí me gustó y luego, estaba chavalo, andaba allá arriba, en los picos…”, narra.

No era aquel un paraíso virgen, gente que andaba de paso y quedaba encantada con el lugar, se había puesto a vivir en la oquedad de aquella roca enorme, caída sólo Dios sabe de dónde. y convertida en una covacha cubierta con paredes de madera y zoquete.

Cuando Benito tenía siete años cayó en San Miguel un diluvio que duró 15 días, y la gente del pueblo corrió a refugiarse en los agujeros de las rocas del cerro, donde ni los truenos ni el azote de la lluvia y el viento se escuchaban.

Pero la verdad es que las pinturas y los dibujos existentes en las rocas del cerro, dan la certeza de presencias aun mucho más antiguas, “los indios”, ataja Benito.

“Como dijo un chavo, estos son los españoles, ái están conquistando a los indios… Esta raya es la sierra esa…”, dice Benito, que hoy nos ha llevado monte adentro, monte espinoso, para enseñarnos las pinturas rupestres, atracción de muchos turistas, especialistas y aficionados a la prehistoria, que gustan de venir a pasear por el Cerro de San José.

Benito se hizo grande y se fue a partir el desierto de Ocampo y Cuatrociénegas en largos y sinuosos caminos de terracería. Pero cuando regresaba al pueblo de San Miguel, su pueblo, situado a unos 15 kilómetros de San José, tiraba pal cerro y siempre volvía a donde mismo.

“Cuando no tenía trabajo me venía para acá, a los trabajos que nosotros estamos acostumbrados, a la candelilla, trabajos duros…”.

El sueño de irse a vivir a la piedra lo acometió de nuevo con más fuerza.

“Siempre estaba pensando en que aquí fuera mío”.

Por ese tiempo el gobierno se había puesto a repartir tierras y de ahí comenzó la lucha de Benito para hacerse con el lugar y su futura casa en la roca al pié del cerro.

Todo fue puro ir y venir de Saltillo, al Registro Agrario, a la Procuraduría. La cosa era que Benito tenía que demostrar que había permanecido en la cueva de piedra una buena parte de su vida y así las autoridades le cederían las tierras que hasta hoy siguen siendo las más codiciadas de aquel desierto por su fecundad y abundancia de agua.

“Pasé la mitad de mi juventud, allá arriba, mire, en los picos, era como los indios. Me gustaba volar pa arriba y bajar corriendo a traer los animales. Este tramo era muy codiciado por el agua, todo el cerro tiene mucha agua y buenos terrenos”, dice..

Como en todo, hubo que meterle dinero y papeles al asunto. Pero, pa cuando Benito acordó aventajaba en los trámites a otros vecinos de San Miguel que querían ser los herederos de aquel paraíso de piedra, construido por la naturaleza en tiempos remotos.

“Iba muy seguido y ese era dinero que gastaba uno, a veces en vano, porque no le hacían caso”. A la vuelta de los años el cerro, con todas sus piedras, hasta la última, era de Benito y el sueño de su niñez, de allá cuando iba con los mayores del pueblo a los ampos de trabajo para fabricar cera de candelilla, se cumplió.

Benito quería irse a vivir con Santa Martha su mujer, los hijos que todavía le quedaban en San Miguel, y sus nietos, a la piedra cavernosa, sentada al pie del cerro, bajo el arrullo del canto de las chicharras y los grillos.

El hombre derribó los falsos muros de madera y soquete que habían levantado los antiguos pobladores del cerro, alfombrado de mezquites, para proteger la cueva, y edificó unas bardas de block y cemento que hizo las veces de fachada con puertas de su piedra – casa, que en el verano se conservaba fresca y tibia cuando castigaba el crudo inverno del desierto.

Benito se trajo varias camas, un sillón viejo, una mesa, algunas sillas y trastos para la cocina, en un rincón de la cual había construido una chimenea de esas de rancho, donde se calienta la comida.

El techo de la casa estaba, y sigue estando, tiznado, por el humo de las fogatas que alumbraron a los miles de trashumantes que acamparon aquí antes de seguir sus travesías rumbo a la frontera, (El Río Bravo queda a 60 kilómetros de San José de las Piedras). “Era la gente que venía del sur, que atravesaba estos terrenos para Estados Unidos, porque este era el único aguaje en todo el desierto”.

De la pared rocosa de la cueva Benito colgó un par de lámparas mineras de petróleo con las que se alzaba, unos retablos en madera hechos a lápiz por los trabajadores de la CFE que acostumbran acampar en el lugar y dejó donde estaba un cuadro con la imagen de la Virgen de Guadalupe que alguien colocó en un, como altar de la covacha, antes de que él llegara y le pusiera como ofrenda una lamparita de luz solar.

“Esa es otra historia, desde que nosotros vinimos a dar aquí ya estaba esa virgen, no sé quién la traería o quién la pondría…”, dice Benito que junto con su familia fue bautizado por una revista de circulación nacional como “Los Picapiedra modernos”.

De vez en vez Benito trepaba a los picachos de cerro y se sentaba en las rocas para contemplar el enorme desierto bajo el cielo azul intenso y el sol postrado en la cumbre de su piedra – casa.

“Me subo a las piedras más altas y ahí me estoy, me relajo. Ustedes son del pueblo, son de la ciudad, vienen aquí y se les hace medio raro el campo, pero nosotros que somos de aquí vivimos bien tranquilos, bien a gusto al aire libre…”.

Fue cuando los espíritus de los indios comenzaron a acechar con sus voces difusas a los moradores de la casa en la roca, que llegaron a experimentar hechos insólitos, sobrenaturales, extraordinarios.

A un hijo de Benito, al que le gustaba recorrer el sitio enigmático de las piedras, lo apedreaban con proyectiles invisibles que no le atiban una sola vez en el cuerpo; otro escuchaba como ronquidos en una de las cuevas solitarias de la casa y el último, había visto en la noche la silueta de un charro negro que cabalgaba en medio del páramo oscuro y se perdía entre las rocas.

“En el día lo que hacen es que lo agarran a pedradas, pero no le pegan las piedras, nomás oye usted que, ¡zas!, le zumban por un lado, caen, voltea usted y no ve nada.

“Mi hijo más chico y yo dormíamos en la troca. Una noche él me codeó, yo no le hice caso. De rato le dije ‘¿qué querías?’, dijo ‘no, ya pa qué, ya pa qué le digo’, le dije ‘¿por qué hijo?’, dice ‘lo codeaba porque ái se bajó un señor, venía a caballo, se bajó y se fue pa allá con el caballo’, El caballo era blanco y charro estaba vestido de negro’”.

Alguna vez, unos exploradores o gambusinos, vaya a usted a saber, que andaban por el lugar, encontraron semienterrada, cerca del agujero de una piedra, la calavera de un hombre de cabellera negra y a un lado de la osamenta un sombrerito de palma.

Por esos días, y antes que Benito cercara el rancho con alambre de espino, algunas gentes habían osado profanar el lugar sagrado de las piedras, llevándose todo tipo de objetos, (metates y puntas de flecha), fabricados por los antiguos. Durante los sueños los ladrones eran azuzados por voces de ultratumba, que les exigían devolver a su sitio las joyas hurtadas.

“Pos es que está cabrón, los indios eran muy diablos. Aquí se han hallado cosas de los indios, se las han llevado, las han vendido y (los indios) no los han dejado dormir, hasta que no regresan las cosas o de plano se enferma y así pasa”, afirma Benito.

Después eran los soldados del Regimiento destacado en San Miguel los que entraban a la cueva para robarse los catres, picos, palas, hachas de Benito y llevárselos en sus carros camuflajeados que iban dejando su rastro por el desierto. Pero aun así a Benito no tuvo miedo y prefirió quedarse, cuando menos por temporadas, en su piedra – casa, subsistiendo de la renta de sus tierras y el agua.

Entonces a Benito llegó la fama, periodistas que le caían de todos lados para entrevistarlo y tomarle placas, rodeado de su vergel de piedra. Sus coterráneos lo envidiaban.

“Hubo dos gentes, dos compañeros, que querían quedarse aquí y me acusaron de traficante y que la chingada, pa que me pudieran echar de aquí, pero como nada se comprobó…”.

Más famoso que cuando tenía 15 años y era el niño del pueblo que había terminado primero y segundo grado de primaria en 10 años, porque a los maestros faltaban mucho y no les gustaba ir a dar clases al desierto.

Más famoso que cuando era joven, y le gustaba practicar sus golpes de box con los desconocidos que le buscaban bronca en la calle.

Gente vino de donde quiera, gringos, y hasta un comprador que le ofreció a Benito un millón de pesos por su rancho, pero el dueño y señor de la casa en la roca se negó a vender el sueño que tanto le había costado labrar en piedra.

Y luego los consejos del alcalde de Ocampo, José Alfonso Pecina Medrano, que ya no dejara entrar a ningún periodista, porque él no ganaba nada y los periodistas estaban haciendo negocio con él. “El pueblo me dice ‘no te dejes, no dejes entrar a nadie’ y yo pensé ‘mira estos cabrones, están haciendo billete con uno y uno ni cuenta se da’”.

Pero Benito dejó entrar a todo el que se lo pedía, porque en el fondo quería que todo el mundo conociera su paraíso de piedra. “Es cosa mía, el rancho es mío, y todo lo que hay ahí es mío, y yo sé lo que hago… O quién sabe, a lo mejor de aquí sí me sacan los indios en rastra”, suelta Benito.

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